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lunes, 30 de mayo de 2016

Bolboreta: el efecto mariposa

 Hola a todos. Hoy fue un lunes en el que se vislumbraba entre las nubes un camino hacia el verano. Seguimos con Bolboreta. Este es el penúltimo capítulo y si aún quereís engacharos a esta historia, estáis a tiempo. Os dejo un resumen de unas 600 palabras.

Si preferís tomaros el tiempo de leer esta historia entera os llevará una media hora de vuestras vidas, que, espero juzguéis, os habrá valido la pena.  Aquí empieza y ésta fue la anterior entrada.

Bolboreta: el efecto mariposa


Composición de mariposas que crean un efecto mariposa

«Ya no puedes pensar. Sólo vives en el recuerdo, en ese pequeño cuerpo que crece en mí y que no conocerá a su padre y quizás ya no nacerá. ¿De qué vale nacer en un mundo como éste? En el que la libertad es barrida por las armas, en el que el pensamiento es encañonado, tiroteado y asesinado sin piedad.
Esto ha sido como lo que, recelo, te ha matado: un disparo súbito y fugaz, esperado y preciso, un impacto justo entre las cejas.
Nunca creí que la mandíbula pudiera dolerme de tanto llorar, pero, a pesar de ello, mi llanto prosigue sin sentido real, pues no te devolverá a este mundo. Hay algo en mi pecho que no me deja respirar, una opresión que comprime mi corazón como si fuera una esponja exprimida con fuerza que vertiera lágrimas. Quizás debiera abrir lentamente mis venas con esta pluma, derramar mi sangre en vez de mis sollozos para morir y abandonar este absurdo lugar. Desistir de escribir estas insensatas líneas; esta carta a nadie… esta respuesta a tus palabras desde ninguna parte. Pues Dios no existe y si tenía el más mínimo atisbo de duda, ha desaparecido ante el cadáver de esa bolboreta nocturna calcinada, ha dejado de existir junto con tus pensamientos…»

Un chiflido acompasó el movimiento de Juana al arrancar las hojas de la libreta en la que había escrito su «carta a nadie». Las observó perdida en medio de sus sollozos. De repente, las rompió, desgarró y destrozó, como si al convertir el papel en un confeti para una fiesta macabra, pudiera vengar la muerte de Francisco.
Las horas siguieron y, nuevamente, encerrada en el círculo vicioso de la percepción, al silencio le volvió a suceder el sonido. Los goznes de la puerta de su celda chirriaron y giraron.

*****
—No me devolvieron su alianza… No me devolvieron nada. No sé siquiera en dónde está su cuerpo —afirma Juana mirando hacia las gafas redondeadas de Victorino Veiga.
Diez días han pasado ya desde que la liberaron de la cárcel. No le dieron ni una explicación. Sola, desesperada, en la calle, y con la única obligación de no residir en la capital provincial, había sido acogida por Victorino Veiga, compañero de partido de su marido y amigo, en su casa de Culleredo.
—Sé que te estoy pidiendo un imposible, Juana, pero no debes recordar lo que ha pasado. Tienes que poner tu vista en el futuro, pensar también en tu hijo. Mañana nos iremos de aquí.
Juana parece no haberle escuchado.
—No necesito una tumba para rezar pero sí para creerme que está muerto. Un lugar en el que pueda despedirme de él. Decirle simplemente adiós. Si pudiera cavar yo misma ese hoyo para que mi cuerpo se embriagara en el esfuerzo y mi mente lograra descansar… Él pudo decirme adiós, pero yo…—suspira—. Y se dicen cristianos. No hay una tumba en donde llorar —baja la mirada—, ni me quedan fuerzas para hacerlo.
Victorino, incómodo, remueve la cánula de su pipa.
—Entiendo que todo esto es duro Juana, pero el tiempo, los años y me atrevo a decir que la Historia, pondrán a cada uno en el lugar que le corresponde. Nosotros ahora tenemos que salir adelante, sobrevivir.
—Sobrevivir… Madrid no ha caído y venceremos. Algún día, asistiré a la muerte de esos asesinos retrógrados —asevera Juana manteniendo su mirada incrustada en los pequeños anteojos circulares de Victorino—. Pero ¿hablar de Historia a estas alturas? Ellos han pisoteado las reglas del juego. Sin embargo, quizás, nunca supimos crear las adecuadas. —Un suspiro es exhalado de entre los labios de la bibliotecaria—. He tenido tiempo para pensar en la cárcel. Algunos de los ahora fieles a la República han transgredido esas reglas también. Recuerda cómo se pusieron las cosas en el treinta y cuatro… No hemos sabido evitarlo, no hemos afianzado la democracia y ahora… Ahora lo estamos pagando con sangre tan roja como algunas de las ideas que se pregonaron. La historia juzgará todo eso también… —chasquea su lengua—. O no —ríe muy levemente con obvio cinismo —, y a decir verdad, ahora mismo, me importa un comino la Historia y su huella indeleble en la consciencia de los hombres.
Victorino no sabe qué decir ni qué hacer para ayudar a la mujer.
—Necesitas descansar Juana. La cárcel, lo que le ha pasado a Francisco y también tu embarazo. Luego verás todo con más perspectiva.
—¿Perspectiva? Recuerdo cómo Ortega me decía, cuando aún era alumna, que el hombre es capaz de modificar su contorno en el sentido de su conveniencia… Quizás un día pueda ver esas ingestas forzadas de aceite de ricino como una ayuda para mi sistema digestivo.
Juana se queda callada durante unos largos y pesados segundos. Victorino, mientras tanto, inunda la habitación con las tortuosas líneas de humo que emergen de su pipa. Los ojos de la mujer siguen el recorrido fantasmagórico de éstas hasta que, finalmente, se posan en su propio cuerpo. La visión de su redondeado vientre produce un inesperado efecto mariposa en su mente.
—Perspectiva… —reenfoca la mujer pensativa—. Quizás pueda lograrlo a la postre. Empezar de nuevo… Será como lanzar una moneda al vuelo y ver si tengo suerte. Tendré que ser como Sísifo, y esperar que no vuelva a deslizarse la piedra…
Sin embargo, todo acaba cayendo por su propio peso. Los vasos se rompen al chocar contra el suelo, la hierba se moja al llover, las piedras ruedan pendiente abajo y las monedas, lanzadas al aire, se caen presentando una cara o la cruz.
Tres sonoros golpes doblan contra la puerta de la casa de Victorino Veiga. Todo ocurre con una rapidez inusitada. Unas palabras, unas protestas, y Juana Capdevielle sube a un coche rodeada por dos guardias civiles.

—¿A dónde me llevan? —pregunta. Pero no hay respuestas, sólo el transitorio silencio resquebrajado por el zumbar del motor del auto. 

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Imagen procedente de: http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=14644

lunes, 23 de mayo de 2016

Bolboreta: El silencio

Hola a todos, en este lunes soleado, seguimos con  "Bolboreta", un relato basado en hechos históricos. El final cada vez está más cerca y para los que no leyeron nada del relato hasta ahora, os dejo un resumen, de menos de 600 palabras, con todo lo sucedido y los pasajes más importante, para que podaís engancharos si así lo desáis.



Si lo preferís, podéis leerlo entero (os llevará como mucho media hora). Aquí empieza y ésta fue la anterior entrada.
Bolboreta: El silencio

Mujer espera enloquecedora y sólo escucha el silencio

«Avancé unos pasos y me agaché para observar el cadáver maltrecho de aquel insecto y, simplemente, lloré. Tantas horas esperando, tanto silencio sin sonido, preguntas sin respuestas, pudieron con mi razón. Cuatro días habían transcurrido con sus inefables noches desde que te había abandonado a la diosa Fortuna. Cuatro días sin ninguna noticia del mundo exterior, pues aquella casa no tenía radio.
Habrás de perdonarme por haberlo estropeado todo al final. La experiencia me ha demostrado cuánta sabiduría encerraban mis viejos prejuicios acerca del amor. Los amantes, desesperados, actúan con singular precipitación y falta de raciocinio. Cumpliendo con aquel primigenio supuesto, no pude escaparme a la telaraña de este simple silogismo aristotélico.
Como aquella mariposa nocturna, perseguí la luz. Bajé corriendo las escaleras y, a pesar de las advertencias de Gonzalo, salimos en busca de un teléfono. Cuando al fin lo hallamos, llamé con exasperado apresuramiento a la Guardia Civil para que me informaran acerca de tu paradero.
 “Claro, señora. Ahora vendremos a recogerla y la llevaremos junto al señor gobernador que está sano y salvo.”
Ésta fue, grosso modo, su respuesta. Nunca creí que pudiera escupir de forma tan insolente sobre la faz de la razón. Definitivamente, habré de confirmar las palabras que mi siempre apreciado profesor, Ortega y Gasset, apostillaba con realismo. “El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza.” ¿Pero qué hubiera sido de mi vida si no te hubiera conocido y amado?
Como no podía ser de otra forma, unas horas más tarde, estaba encerrada en esta sórdida celda de La Coruña. Tan cerca y tan lejos de ti a la vez.»
Todo había transcurrido en una paradójica miscelánea de celeridad y extrema lentitud. Primero llevaron a Francisco hasta el cuartel de Atocha en donde fue recibido y despedido, en apenas unas horas, por los cáusticos comentarios del coronel Martín Alonso. No había tenido tiempo siquiera de pensar en su nueva situación hasta su traslado a la cárcel de la Torre. Un nombre curioso para una penitenciaría, pues le otorgaba ciertos tintes medievales a pesar de su reciente construcción.
Tras el inicial interrogatorio, imbuido en la asfixiante soledad de su celda, Francisco tuvo cuatro días para reflexionar. Cuatro noches para escuchar, con aprensión, el asesino suspiro de las balas y los gritos de los que se aprestaban a morir fusilados frente al vetusto faro romano. Cada anochecer oía también el graznido penetrante de las gaviotas, batiendo sus alas sobre los techos de la prisión. Aquellos chillidos de las aves parecían una jactanciosa burla. Una ostentosa demostración de la libertad animal frente al encierro de los hombres.
El sol había vuelto a retirarse tras la línea del horizonte con rumbo a tierras más pacíficas, cuando el joven gobernador pudo escuchar el ajetreo de una llave en la puerta de su celda.
Un hombre grueso, vestido con hábito marrón oscuro entró. Lucía una pequeña pero llamativa mancha de nacimiento justo debajo de su ojo derecho que le proporcionaba un perpetuo aire de tristeza. Parecía estar llorando. Con la misma parsimonia con la que avanzaba hacia el joven, el fraile compostelano empezó a hablar:
—No le queda mucho tiempo, hermano. Ha llegado el momento de encomendar su alma a Dios.
—¿Mi alma a Dios? —aquello fue como un golpe, un gancho de derecha directo a la boca del estómago. Francisco sintió sus piernas temblar primero y luego, un terrible sentimiento de incomprensión—. ¿No hay… juicio? —preguntó anonado.
—Sólo vengo a cumplir con mi deber. No tengo más información que la de tener que confesarle —contestó Fray Bonifacio, lacónico.
Francisco se sentó en el camastro tomándose la cabeza entre las manos. Tras unos minutos de silencio, se acercó los dedos a los labios y besó su alianza. Volvió a alzar su mirada azulada hacia el fraile que había tenido la decencia de no interrumpirlo.
—Habla, hermano, despréndete de las cadenas de tus pecados para hallar la paz.
—Déjese de sus discursos preconcebidos. No tengo ni ganas ni paciencia —rezongó Francisco— Es otro interrogatorio en realidad, ¿no? Una forma de sonsacarme una información que ya os entregué, pues no hice nada de lo que tuviera que avergonzarme.
Había mentido en realidad en algunos datos, paraderos, como el de su mujer.
—Debería creer en el secreto de confesión —Fray Bonifacio se quedó callado, ofendido, durante unos segundos—. ¿No va a confesarse? ¿No quiere estar en paz con Dios? —preguntó incrédulo el fraile.
—Guárdese su confesión y déjeme pasar mis últimas horas en paz —escupió Francisco con rabia contenida.
—Yo de usted, hermano —aquella palabra sonaba especialmente irónica en los labios del religioso en ese instante. Su mancha de nacimiento, que recordaba una lágrima derramándose, parecía ahora más de indignación que de lamento—, me lo pensaría. Si se confiesa, tiraremos a la cabeza, si no lo hace, será a la barriga.
«La realidad es que perdí la cuenta del tiempo desde que estoy encerrada en la cárcel. Todos los días son iguales, taciturnos y solitarios. No hay sol, no hay noche, sólo esta maldita bombilla que nunca se apaga y no deja de recordarme la muerte de esa bolboreta nocturna: mis errores. Quisieron hablar conmigo al principio. Horas de preguntas sin sentido, de palabras revueltas, de humillaciones, burlas odiosas y luego, como pregonaba mi profesor de música, al sonido le sucedió irremediablemente el silencio. No sé cuántas redondas fueron expresadas en el pentagrama, aunque sí sé que los militares tuvieron un extremo mal gusto al componer tan odioso réquiem.
He dado vueltas hasta llegar a este momento, como si mientras escribiera pudiera postergar la realidad, como si relatándote nuestra historia, la reviviese y llegara a creerme su desenlace, o incluso, cambiarlo. Pero no.
Hace unos días entró un hombre por la puerta. No se regocijó en su labor. Fueron unas pocas y escuetas palabras para decirme que… te habían fusilado. Decirme que has muerto, que ya no estás en este mundo, que…»
Juana mantuvo su pluma en alto, obnubilada por el peso sus propias palabras.
«Tras su brutal anuncio, me entregó sin dilación una nota tuya. Si el número de lecturas gastara el papel, esa carta sería ya polvo y olvido.»
La bibliotecaria abrió lentamente su mano izquierda, encontrando ahí, una pequeña hoja arrugada. Su mirada se posó sobre aquella última carta que cruzaría nunca con Francisco, una despedida:
«Has sido lo más hermoso de mi vida. Donde esté y mientras pueda pensar, pensaré en ti. Será como si estuviéramos juntos. Beso tu anillo una vez cada día. Te quiero. Paco.»[1]

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Ilustración de Alexandra Levasseur



[1] Nota de Francisco Pérez Carballo a su mujer, conservada por los familiares de los protagonistas.

lunes, 9 de mayo de 2016

Un agujero en la pared

Bajo las nubes grises de este mes de mayo, llega un nuevo micro. Menos de doscientas palabras para hablar en libertad.


Un agujero en la pared



Cerró los ojos y dejó que el aire llenara sus pulmones. Escuchó el cerrojo girar y la puerta cerrarse. Una luz diáfana se filtraba a través de las rejas de las ventanas. Le gustaba imaginar lo que había al otro lado y ahora que lo habían liberado, lo recordaba.
Recordaba cómo aquellos agujeros en las paredes, huecos hacia una libertad negada, eran irónicamente los distintivos de su encierro.
Franqueó los símbolos y volvió a la libertad. Observó lo que había del otro lado de los muros y paredes, y sintió que la luz sin filtros quemaba sus pupilas. Sin embargo, se decía siempre a si mismo que tenía  suerte por volver a ser libre.
―¿Sigues recordando el encierro? ―le preguntaron un día.
Él asintió.
―Nunca podré olvidar. Nunca olvidaré las puertas y las ventanas cerradas.
Le miraron a los ojos. La luz que destilaban sus pupilas había ardido.
―Tú aún estás encerrado y tienes que cavar un agujero en tu pared para volver a ser libre. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Bolboreta: el último día de Pompeya

 Hoy es un lunes soleado, al igual que lo ha sido toda la semana pasada. El sol fue primoroso para recibir a los hislibreños en Santiago de Compostela. Un fin de semana especial, en el que hubo que sobreponerse a las adversidades, y en el que no faltaron las charlas, las risas o los libros. El tiempo volvió a mostrar su relatividad y en un parpadeo, todos nos volvimos a separar. Me queda el placer del reencuentro y de haber conocido a personas muy interesantes. 
La vida sigue y, en un eterno retorno, vuelve a ser lunes, un lunes sin lluvia en el que vuelven los relatos. Vuelve Bolboreta. 
Y para quienes no han leído nada de esta historia ambientada a caballo entre Madrid y A Coruña en 1936, os animo a leerla (no os tomará mucho tiempo). Aquí empieza y esta fue la anterior entrada.



Bolboreta: el último día de Pompeya



 Francisco se incorporó rápidamente y fue hacia la ventana para observar lo que ocurría.

  «La luz volvió a titilar mientras una pequeña humareda ondulante emergía de la bombilla.»

  —Tenga cuidado, Don Francisco —señaló el comandante de la guardia de asalto precavido.
Desde su posición, escondido tras las tablas de madera y los sacos que habían apilado a lo largo de la noche junto a la ventana, Francisco percibió lo que ocurría en el exterior. Los militares avanzaban ordenados por la calle que presidía el edificio del Gobierno Civil. Apenas se oía nada aún, ni siquiera el retumbar del paso marcial de las botas de la soldadesca. Las huestes sublevadas se acercaban con el fusil al hombro, enarbolando sus argumentos y espantando a las gaviotas que volaban graznando su miedo.
  En aquel preciso instante, por enésima vez ese día, el teléfono volvió a sonar. Con calma, el joven gobernador se acercó y lo descolgó.
  —¿Diga? Francisco Pérez Carballo al habla.
 —Soy el coronel Martín Alonso—contestó una voz contundente al otro lado del aparato—. En nombre de España y de la República, le ordeno que se rinda y entregue el Gobierno Civil.
 —Usted no es la República y no reconozco su autoridad —objetó con insolente seguridad el gobernador—. Quiero hablar con su superior, el General Caridad Pita. —En realidad, Francisco tenía exiguas esperanzas de poder conversar con aquel hombre que había trabajado a su vera, tratando de apaciguar a los militares de la ciudad en los días previos.
 —Caridad ha sido arrestado y usted está ocupando ilegalmente el edificio del Gobierno Civil. Entréguese —ordenó el militar escueto pero terminante.
 —Tendrá que venir a buscarme aquí, coronel. He sido nombrado por un gobierno elegido por la soberanía nacional y no voy a abandonar mi puesto —afirmó Francisco con firmeza aunque sintiera sus piernas desfallecer.
 —No reconozco su gobierno de pusilánimes —objetó el coronel impaciente—. Hágase el héroe, son los protagonistas de las tragedias clásicas… pero aténgase a las consecuencias de sus estúpidas decisiones.
  La llamada se cortó repentinamente, al igual que la línea, pues el auricular del teléfono se quedó mudo. Las miradas de los presentes se cruzaron dubitativas. El joven gobernador civil empezó a vacilar. ¿Y si los guardias de asalto le daban la espalda? ¿Y si lo entregaban a los militares? El mutismo había invadido la sala y la paranoia acechaba a Francisco mientras sentía una gota de sudor deslizándose, veloz, por su columna vertebral. Aquella calma tensa sólo se vio interrumpida por el golpear de las balas contra el pétreo edificio.

  «Mis ojos, deslumbrados, empezaron a percibir esas extrañas manchas de oscuridad que invaden la vista de quienes osan enfrentar su mirada a la potestad del astro rey.»

 —¡Rápido, a las ventanas! —vociferó el comandante Quesada a sus hombres, quebrando enérgicamente las dudas. La decena de guardias de asalto imitaron a su superior y, pronto, las detonaciones y los silbidos de las balas invadieron el ambiente.
Fuera, las ametralladoras despiadadas hacían fuego. Las sombras de las gaviotas, que sobrevolaban en círculos concéntricos la escena, pasaban sobre el cuerpo de uno de los soldados, caído fulminado por el disparo del más joven de los guardias de asalto. El comandante Quesada reparó entonces en un pequeño pero peligroso detalle. Como un discóbolo, un militar estaba lanzando una granada contra el edificio.
 —¡A cubierto! —gritó el hombre corriendo hacia la parte trasera de la habitación en donde ya se hallaba Francisco. La explosión fue un estruendo que sacudió el suelo de madera. Por fortuna, parecía que aquel pequeño artilugio de muerte había impactado contra uno de los pisos inferiores. El tiroteo se reanudó en un macabro intercambio letal. Sobre el enlosado de la calle, las balas saltaban como pulgas rabiosas. Los lanzamientos de granadas se sucedieron, pero ninguno alcanzó la altura suficiente ni obtuvo sus mortíferos frutos.

 «Para la bolboreta, aquel punto lumínico suponía una llamada hechizante en medio de la oscuridad. Como la hija del dios Helios, la seductora Circe, atraía a su presa con su belleza serena y, a traición, la atrapaba.»

  La aguja del minutero del reloj, colgado del muro intacto del despacho de Francisco, había recorrido por dos veces su circunferencia. Tras dos horas de denso tiroteo, los disparos, extrañamente, se detuvieron. El silencio en la calle era tal que hasta se oía el batir de las alas de las gaviotas desbocadas. Sus graznidos estridentes ponían en tensión los sentidos de los presentes.
 —¿Por qué se han detenido? —preguntó Francisco al comandante Quesada.
 —No lo sé —contestó el hombre incrédulo. A pesar de su férrea defensa, de la abundancia de munición y provisiones, la posición era débil. Si no recibían refuerzos, tarde o temprano, tendrían que rendirse cual Numancia—. Quizás hayan decidido no desperdiciar más balas con nosotros y esperar a que el tiempo haga su trabajo.
 —Muy seguros deben de estar estos cabrones para actuar así —planteó perplejo uno de los hombres.
 —Es que a lo mejor ya cayó Madrid y el resto de España —sugirió otro de los guardias de asalto aprensivo, girando sus ojos hacia la radio.
—Ya no funciona —negó Francisco al percibir el gesto—. No hay luz. Estamos incomunicados.
El gobernador civil acercó su mano doblada a su boca como si estuviera pensando, aunque aprovechara en realidad aquel movimiento para besar discretamente su alianza. Sacó a continuación su pitillera y ofreció unos cigarrillos a los demás hombres. El tabaco crepitó al quemarse tras la honda calada del político que buscaba sosegar su ansiedad. Juana habría sabido qué decir, qué hacer, siempre sabía cómo actuar en cada momento, pensaba Francisco. Pero estaba solo frente a aquellos hombres, sin poder ofrecerles más que unas tristes hojas de tabaco trituradas, envueltas en papel de arroz. El simple recuerdo de su idealizada mujer, sin embargo, volvió a envalentonarlo.
 —Os agradezco sinceramente lo que estáis haciendo por la República, por la ciudad… Esto no es fácil, pero tenemos que resistir hasta que lleguen refuerzos. La República no pudo ser barrida en unas horas. No podemos rendir esta ciudad a los militares. No podemos rendirnos ante el maldito poder de las armas… No…
   Francisco iba a seguir con su manido discurso de aliento cuando una detonación restalló en el edificio, haciéndolo temblar. Un fino polvillo de yeso cayó desde el techo y todos los guardias de asalto corrieron a sus puestos.
 —¡Joder!—maldijo uno de los hombres—. ¿De dónde cojones ha venido eso? —preguntó advirtiendo cómo en la calle los militares mantenían su posición sin que nada en absoluto hubiera cambiado.
  Una nueva explosión fue la única réplica que recibió. Un enorme cascote se desprendió del techo cayendo sobre él, y la sangre comenzó a brotar de su cráneo aplastado. Se podía apreciar la gran brecha que había dejado en su cabeza, taponada por el bloque de piedra y cemento del que un reguero bermellón ambicionaba brotar. Se había muerto tan rápido que su dedo aún hacía ademán de querer disparar su fusil.
 —Nos deben de estar bombardeando desde el cuartel de Parrote con artillería pesada —constató finalmente el comandante Quesada en vista de los acontecimientos, aunque el hombre que había formulado la pregunta jamás escuchó su respuesta.
  Las detonaciones atronadoras se sucedían con virulencia pirotécnica. Como si del último día de Pompeya se tratara, el espeso humo parecía querer quemar las gargantas de quienes ansiaban respirar. Tosiendo y escupiendo, Francisco se acercó hasta la ventana buscando el aire del exterior. Jadeó, percibiendo el siseo de una bala pasar cerca de su oído. Se agachó justo a tiempo para ver cómo un proyectil estaba entrando directamente en el despacho. Reventó la pared sobre la que el reloj se había mantenido en funcionamiento, marcando el compás de aquel combate desigual. Tres guardias de asalto desaparecieron tras el velo de la muerte, conformado por una espesa polvareda de yeso y cascotes tintados con sangre.

«A pesar de las difusas manchas negras que querían nublar mi vista, distinguí cómo el cuerpo calcinado de esa mariposa noctámbula caía pesadamente sobre el suelo.»

 El rostro de Francisco se descompuso descubriendo aterrado aquella escena macabra. Un estridente pitido había reemplazado el estentóreo ruido circundante. Desorientado, el gobernador sentía su corazón latir en la sien. Aquello era una ratonera, un ataúd en forma de elegante edifico. Sus piernas en ese momento respondieron milagrosamente. Alarmado corrió arrancando el mantel blanco de la mesa, y volvió hacia la ventana para agitarlo con vehemencia. Desde ahí, pudo distinguir fugazmente, el cuerpo de una gaviota pegada al suelo con la fuerza de los cadáveres.

Continuará...

lunes, 18 de abril de 2016

Bolboreta: Como polillas hacia la luz

Hoy es un lunes nuboso y, por fin, vuelven los relatos. Bolboreta, este relato del que os hablaba  —aunque esté mal decirlo —, como uno de mis escritos propios favoritos se acerca a su final. Supongo que la mayoría no recordará ya la historia.
Si os apetece adentraros en ella, tampoco os tomará demasiado tiempo. Aquí empieza y esta fue la anterior entrada
Bolboreta: Como polillas hacia la luz

«No hubo tiempo para muchos preparativos y tampoco para grandes despedidas. Quería ayudarte a enfrentarte a todo aquello… Aunque seas tan joven, tu determinación no tiene grietas. La estridente campana del teléfono no dejaba de sonar, mientras el golpear de los pasos se sucedía en un frenético ir y venir. Las sirenas del puerto roncaban de cuando en cuando, acompasadas por el insidioso graznar de las gaviotas. Voces, exclamaciones, iras, gritos, las palabras se cruzaban estentóreas. La comunicación con Madrid se había perdido. Te oía hablar de una huelga general para frenar la salida de los militares, dando órdenes para el atrincheramiento en el edificio del Gobierno Civil. Trataba de calmarte, aconsejarte, ayudarte en esos difíciles e inciertos momentos, pero el sosiego nunca fue una de mis virtudes.
  Unas horas después, con nocturnidad y alevosía, Gonzalo vino a recogerme. Nunca olvidaré la peculiar oscuridad de aquellos intrincados caminos mientras nos dirigíamos hacia Muxía. La negrura sembraba recelos a cada nueva curva. A cada esquina le sucedía una nueva duda, un nuevo temor engrandecido ante un escuálido arbotante de luna que, en esa noche de julio, no alcanzaba a iluminar la bóveda celestial.
  Llegamos finalmente a Muxía, y Gonzalo me ofreció una habitación. No pude dormir. Las horas se fueron sucediendo en medio de un clamoroso silencio. Decía mi profesor de piano, hace ya muchos años, que había de aprender a escucharlo. En el lenguaje musical, las sonoras notas figuradas poseen sus recíprocas némesis mudas que marcan la pausa. Aquellos silencios de redondas, corcheas, semifusas representados grácilmente en el pentagrama exhortaban, según aquel hombre, a destruir las convenciones de los sentidos, para mostrar que silencio y sonido siempre están en continuidad. Pero yo ya no hallaba esa continuidad. El silencio se había instalado, doloroso y enloquecedor. No sabía nada de lo que estaba ocurriendo tras las paredes de la casa de Gonzalo, no sabía nada de ti.
  Varios días se sucedieron en medio de un sofocante mutismo cuando reparé en un breve chispazo. La luz de la habitación en la que estaba instalada osciló, y mis ojos se posaron indefectiblemente en aquella “mariposa noctámbula”, en aquella bolboreta que, inconsciente, se había arrojado hacia la luz.»

  No se oía nada. Desde que las sirenas de los barcos se habían callado, minutos antes, un tenso silencio pesaba sobre A Coruña. Francisco aún miraba fijamente hacia la radio que acababa de apagar. Era una suerte que Juana se hubiera marchado hasta la alejada casa de su amigo de partido, Gonzalo López Abende, pues las noticias no eran alentadoras y el futuro, en aquel 20 de julio, parecía dibujarse cada vez con menos claridad.
  El mantel blanco de la mesa en la que Francisco estaba sentado lucía impoluto. No había sido capaz de probar bocado. Se sentía impotente ante lo que estaba ocurriendo. Inútil, pues sus horas de dedicación, por primera vez en su vida, no daban sus frutos. Lo había intentado todo, según su perspectiva. A las once de la mañana, en un claro gesto desesperado ante la inminente sedición, retransmitió un mensaje en Radio Coruña para defender la democracia; sin embargo nada parecía funcionar ni frenar aquel desastre. No olvidaba las palabras del bando proclamado por los militares sublevados en la cercana plaza de María Pita y retransmitidas en la misma radio en la que, horas antes, había defendido el orden vigente.
  Era extraño percibir la entereza con la que lo observaba un guardia de asalto que, sentado circunspecto sobre una silla cercana a él, no llegaba ni a la veintena de años.
  —No quiero importunarle pero no puedo quitarme de la cabeza las palabras que dijo ese militar en la radio —afirmó el joven espigado rompiendo el silencio—. Si me permite preguntarle, ¿ya no es el gobernador? —planteó el guardia de asalto con ingenuidad.
  —Para ellos, no —contestó paciente Francisco a pesar del bullicio interno de su mente—. Suspendieron las garantías constitucionales, depusieron de sus cargos a todas las autoridades legales. Así que para ellos ya no soy gobernador civil, pero para el gobierno de la República —si es que éste se mantenía en pie y Francisco, a pesar de la falta de noticias, confiaba en que así siguiera siendo—, sí lo soy, y eso es lo que importa realmente —concluyó con convicción.
   Aquel bando militar, pensaba el gobernador civil de A Coruña, era un auténtico disparate. Francisco recordaba la voz nasal del oficial anunciando, con frialdad, su contundente mensaje, en el que amenazaba con el fusilamiento de los huelguistas o instauraba la censura de prensa. La última frase transmitida con claridad a través de las ondas hertzianas, volvía, una y otra vez, a su memoria. El mensaje concluía con una tajante advertencia: «Quien no lo secunde, será mi enemigo y será tratado como tal. ¡Viva España! ¡Viva la República!». Aquellas palabras sonaban, para el marido de Juana Capdevielle, a broma de mal gusto.
  —Ya, si es que… —empezó a decir el joven que fue interrumpido por una decena de hombres vestidos como él, con uniforme azul. Se puso automáticamente en pie para escuchar las palabras de su superior, quien ya se había adelantado y se veía realmente agitado.
  —¡Los militares! —anunció el comandante Quesada apresuradamente—. Están rodeándonos.

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lunes, 17 de noviembre de 2014

Bolboreta: Ojo por ojo y todos somos ciegos

En este lunes en el que la lluvia hace un pequeño impás, seguimos con las venturas y desventuras de Juana y Francisco. 
Bolboreta: Ojo por ojo y todos somos ciegos



«Nos casamos unas semanas después del anuncio de tu nombramiento. Fue una mañana de marzo, en la que los techos de Madrid eran agasajados con la misma etérea luz del día en el que realmente nos conocimos. La ceremonia civil fue sencilla, sin grandes alardes, y contaba con la presencia de quienes verdaderamente apreciamos y queremos.
Pronto llegamos a La Coruña, presidiendo el desfile del 14 de abril. La ciudad no era el remanso de paz que hubiera presupuesto, sino la viva imagen de este país. No tardó en iniciarse la campaña electoral para la aprobación del Estatuto de autonomía. Pusiste todo tu esfuerzo y empeño en aquel referéndum. El ambiente era de euforia para algunos, de miedo para otros y de profundo rechazo para un pequeño sector de la sociedad. A pesar de ello, tus interminables horas dedicadas a esa agotadora campaña, tuvieron su fruto con una victoria abrumadora.
En medio de tanto movimiento, algarabía y rechazo, de grandes noticias para nosotros, no he podido disfrutar como hubiera deseado de estas lejanas tierras; del hechizo del mar, del encanto de una ciudad de cristal en la que el a veces esquivo reflejo del sol, sobre las infinitas galerías, ilumina la torre que marca el legendario sepulcro del malogrado gigante Gerión
                                        
El tintineo de los cubiertos se había detenido devolviendo el comedor al silencio. En aquel 19 de julio de 1936, el verano parecía haber ganado la batalla tras una primavera que el joven matrimonio intuyó perenne. Un calor húmedo se había impuesto desde hacía unos pocos días. Las ropas semejaban pegarse a la piel y el sudor, servirles de adhesivo.
—¿Qué vas a hacer, Paco? —preguntó la mujer rompiendo el transitorio silencio—. Esto cada vez tiene peor semblante. La ciudad se está convirtiendo en un hervidero. La fortuna quiera que la locura desatada con este alzamiento militar no llegue a buen puerto.
—Casares acaba de dimitir—contestó Francisco taciturno como si hubiera dado una verdadera respuesta. No parecía una simple casualidad que aquel joven prometedor fuera nombrado gobernador civil en la ciudad de la que era oriundo Santiago Casares Quiroga. El que había sido elegido, pocos meses atrás, como presidente del gobierno era para Francisco, un verdadero mentor.
—Casares es una gran persona, todos lo sabemos. Nadie duda de su trabajo y en el Estatuto de Autonomía de Galicia perdurará su legado… Bueno, si estos desgraciados no tratan de impedirlo a punta de pistola —aclaró lo último negando—. Pero también tienes que ser consciente de la verdadera situación y él no parece querer enfrentarse a la realidad. He leído en la prensa que llegó a decir que si los militares se han levantado, él se va a acostar —citó Juana incrédula—. ¿En qué cabeza cabe negar la realidad? Hay militares sublevados en media España. Nadie quiere una guerra civil, pero ahora es necesario defender la legalidad constitucional.
Francisco suspiró.
—Esto es un absoluto sinsentido —sentenció el hombre tomándose la cabeza y masajeándose la sien—. Parece que aquí impere la ley de la selva y del Talión juntas. Cada cual quiere demostrar que es más fuerte y cada golpe es devuelto con más ímpetu. Ojo por ojo y todos somos ciegos —se quedó en silencio durante unos instantes antes de seguir, tratando de reunir fuerzas para hilvanar sus propias palabras—. La tensión es incontenible. Llevo dos días con Caridad Pita dando vueltas por todos los cuarteles tratando de sosegar ánimos —explicó nombrando al general jefe de la Brigada de Infantería con sede en A Coruña. Aquel hombre era uno de los pocos altos mandos en los que Francisco confiaba—. Y entiendo que la gente esté preocupada, tensa, incluso rabiosa, pero ¡maldición! si les entrego armas, les daré argumentos a los militares para que se unan a la sublevación. Y… quemar ahora la Iglesia de San Pedro Mezonzo de Cuatro Caminos, no fue precisamente la mejor idea.
Tres golpes secos resonaron en aquel momento contra la puerta del comedor. Como un pájaro de mal agüero, el gesto serio del hombre que acababa de llamar y se asomaba, no daba cabida a buenas noticias. Francisco, fatigado y disgustado a la vez, tiró su servilleta sobre la mesa y con grandes pasos salió de la habitación.
Aquella noche parecía un compendio de suspiros para cuando el joven gobernador civil volvió a entrar. Juana lo observaba expectante, preocupada en realidad ante aquella tormenta que amenazaba con liberar el arsenal de rayos de Júpiter y que ni Santa Bárbara aparentaba querer detener.
Francisco volvió a sentarse, buscando con nerviosismo su pitillera para tomar de su interior un ansiado cigarrillo. Tras el rasgar del fósforo y el consecuente nacimiento de una trémula llamarada, aspiró una honda calada.
—Paco, por Dios, ¿dime qué demonios está pasando? —inquirió Juana nerviosa ante el mutismo de su marido.
Una serpenteante neblina de humo acababa de invadir el aire más próximo a Francisco que, al fin, volvió a hablar:
—Parece que todo lo que pueda hacer no sirve de nada. Ellos siguen erre que erre, cueste lo que cueste… Resentidos reaccionarios —pronunció lo último lentamente y con rabia subyacente—. Un buen puñado de militares se ha reunido en una fonda de Cantón Pequeno… conspirando e intrigando. Al parecer, mañana se unirán a la rebelión. Acaban de huir de un grupo de militantes socialistas por el patio de luces, como las ratas cobardes que son.
Francisco se tomó la frente con su mano libre, quedándose callado y meditabundo. Juana, por su parte, tampoco dijo nada. Las noticias no eran alentadoras.
—Tienes que irte de la ciudad, Juanita. Sabes que te respeto, pero ahora la situación es cada vez más peligrosa.
—Pero no quiero dejarte solo —insistió la mujer—. No quiero y no puedo hacerlo, y menos en un momento como éste.
—No eres tú sola, Juanita. También está el niño… —alegó mirándola a los ojos mientras posaba, con suavidad, su mano sobre el vientre de la mujer que mostraba una innegable curvatura —. No me lo perdonaría si algo os ocurriera.



lunes, 10 de noviembre de 2014

Bolboreta: la vida es sueño

En este lunes lluvioso sigo con el Nanowrimo a buen ritmo y también con el relato que empezó la semana pasada: Bolboreta. Espero que os guste.
Y para los que se perdieron el inicio del relato, la historia protagonizada por Juana y Francisco empieza aquí y la habíamos dejado en este punto.

Bolboreta:  la vida es sueño


«En apenas unos instantes, me habías entregado un presente incorpóreo que, sin embargo, rozaba la eternidad; una hermosa palabra.
   Bolboretas, volvoretas, nunca supe muy bien la forma en la que se escribe este vocablo, pero resonó a mis oídos como un regalo. Evoca tantos otros conceptos: volveré, voltereta; bolbora en vasco, que significa pólvora; belbellita del latín, que expresa la belleza; vol en francés que explicita el vuelo, formulando la ingenua libertad concedida a las afortunadas mariposas, extrañas a las enajenaciones humanas. 
   Me enseñaste aquel día, unos versos del poeta Curros Enríquez que tradujiste gentilmente para mí al castellano, aunque dejaras una sola y única palabra en su lengua original. Nunca podré olvidar su sonoridad, equilibrio y aquel brillo apasionado en tus ojos azures al recitarlo:
“Bolboreta de alitas doradas
que te posas en la cuna vacía,
pues por él me preguntas,
ya sabes, qué fue de mi niño.
¡Oh, bolboreta libre, donairosa,
galante, seductora!”.
   No obstante, a tenor de lo ocurrido, puede parecer curioso que desde siempre hubiese aborrecido el amor. Cuando leía una historia romántica, sentía un fuerte latido en la sien que me obligaba a abandonar el libro. No soportaba esos cuentos, caricaturescos y dramáticos, en los que los protagonistas se contagiaban de una necedad provocada por la cegadora pasión: Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, Los Amantes de Teruel, tonta ella y tonto él.
   Contra todo pronóstico cuarteaste, con tu discurso apasionado y una simple palabra, una coraza armada con precisión a lo largo de muchos años de militancia feminista que se jactaban de ese tipo de comportamientos naífs. Nada te dije ni nada demostré pero redoblé, con fingida casualidad, mi esfuerzo en el implemento del servicio circulante de lectura que me permitía verte y conocerte, dedicándote unas supuestas visitas de cortesía.
Tras el alta médica, vinieron los encuentros en el Ateneo, las charlas sobre política y los ríos de sangre que habían corrido en este país. Un 28 de diciembre, dos meses después de su infausto encierro y como si de una alegre inocentada se tratara, llegó la noticia de la liberación de Azaña. Obviamente, la celebramos.
   He vivido en muchos lugares, en Pamplona, donde me crié, en Francia, Alemania, Bélgica o Suiza, pero mi ciudad es diferente. Es un lugar sin noche. Cuando repican las doce campanadas en la Puerta del Sol, en ausencia de éste, Madrid sigue bullendo con el murmullo de su gentío imperecedero. Farolas encendidas, vendedores de diarios y loterías, cafés abiertos en los que el tiempo parece haberse detenido a media tarde.
Bajamos hacia Cibeles para ir a la Cervecería de Correos. Aquélla fue una cena de risas y canciones, percibidas a través de la espesa neblina del humo y de las destilaciones que invadían, poco a poco, el ambiente y los sentidos. Y entre tanta bruma, salí al refrescante encuentro de la que, desde las riberas del Manzanares, había cubierto con su espeso manto la noche madrileña.
   En la vida existen diferentes tipos de besos. Unos son fugaces, otros fruto de la costumbre, algunos tienen un sabor amargo, y también, existen los ni se advierten. Pero hay besos que siempre se recuerdan. El de aquella noche lo guardo en mis labios, mi cuerpo y mi mente. Aquel beso de una noche de los Santos Inocentes lo convoco, cándida, hasta esta celda, para sentir tu apoyo, para que no me deje deseándote.»

   La pluma de Juana se detuvo en el aire mientras paseaba su mirada por el techo para observar las manchas provocadas por la humedad de aquellas tierras del Norte, más alejadas que nunca de su feliz Madrid. Cerró los ojos, impulsando el aire hasta sus pulmones para seguir escribiendo.

   «Unos días más tarde, volvieron a tañer las doce campanadas en la Puerta del Sol para dar la bienvenida a 1935. Tú seguiste con tu actividad laboral. Parecías no tener techo. Con tan sólo veinticuatro años, ya eras letrado oficial en el Congreso de los diputados, profesor adjunto de Derecho Romano, y estudiabas arduamente para conseguir ser catedrático. Tú eres el ejemplo de que los tiempos han cambiado, quizás demasiado rápido para algunos, de que a pesar de ser el hijo de un ferroviario, de no entrar por los cauces del caciquismo y del clientelismo, se pueden alcanzar grandes metas.
   Yo seguía con mi trabajo en las bibliotecas. Siempre encontrábamos un hueco para vernos, y si por alguna extraña razón no lo hallábamos, quedaban las cartas que no dejaban de cruzarse a pesar de vernos casi a diario.
   Aquellos días son los visos de un parque en flor, el ajetreo de ruidosas tertulias en abarrotadas cafeterías, el tacto de la mullida hierba al tumbarse, el silencio de un atardecer, el olor del café mezclándose con el aroma de tu tabaco. Aquí en Galicia hablan de meigas, sin embargo Madrid arroja una hechizante mezcla de colores, atrapando y resguardando en su embrujo chulapón pero cosmopolita, a cualquiera que la conozca.
   Era una delicia pasear por el Retiro, deambular sin prisas por la Gran Vía. Recorríamos, en aquellas muchas veces frívolas tardes, los grandes almacenes de la Sepu, los escaparates de la tienda de Asunción Bastida y los días, indefectiblemente, se apagaban en el Madrid-París descubriendo los tesoros que nos brindaban las actuaciones de Luis Marquina, Jean Gabin o Antoñita Colomé. Unos instantes ensoñadores de vida artificial que mecían nuestras horas, y nos alejaban de un cotidiano menos gris de lo que jamás lo había percibido. Como creía Segismundo, mi vida iba transcurriendo como si fuera un sueño, del que yo no quería despertar. Mi mundo había hallado un nuevo impulso pero también el país.»

   Desde el centro de la Plaza Mayor de la capital de la República, sólo se percibían unas pocas estrellas que parecían, cual luciérnagas, salpicar el cielo de luz con su delicado brillo. El repiqueo de los tacones de Juana acompasaba perfectamente el paso de Francisco que se mantenía callado.
   —¿Qué te pasa, Paco? Te noto preocupado
El hombre tardó unos instantes en despegar sus labios.
   —Hoy hablé con Casares Quiroga…
   —Lo haces casi a diario.
  —No, no… Pero esta vez ha sido diferente —concluyó Francisco tomando aire. Volvió a callarse, mientras Juana lo observaba deteniendo su marcha—. Me ha dicho que me van a nombrar gobernador civil de La Coruña.
Juana le sonrió acariciando su mejilla.
   —¿Y cuál es el problema? Son buenas nuevas. Claro que…—se había quedado casi sin aire al reparar realmente en las consecuencias de aquel anuncio.
  —Claro que me tengo que ir hasta La Coruña y… —suspiró Francisco—. Quisiera que vinieras conmigo… No puedo ir hasta allá sin ti. Entiendo que supone dejar la biblioteca de la facultad y la del Ateneo, alejarse de Madrid pero…—negó abiertamente—. Yo… si no vienes, me quedaré aquí —titubeó para hablar entonces atropelladamente—. Cásate conmigo, Juanita. Ven conmigo a Galicia. Sé que no soy de tan buena familia como tú, que aquello queda muy lejos pero…—Pero a Francisco le costaba encontrar las palabras adecuadas.
   Juana mantuvo sus labios sellados durante unos pesados segundos. Toda su vida, sus estudios, sus conocidos, sus años de trabajo entraban en liza en una cruel pugna contra un simple e insensato sentimiento. Sin embargo, como los amantes que tanto había denostado, sufrió entonces un impulso que la llevó a abandonar la razón pregonada reiteradamente por su amiga María Zambrano. Empezó una frase a priori sin sentido pero que, como una crisálida, anunciaba un cambio inminente, una profunda metamorfosis en su vida.
   —Pero allá hay bolboretas, no son simples mariposas…
Continúa aquí

lunes, 3 de noviembre de 2014

Bolboreta: Somos lo que recordamos

Hoy es un nuevo lunes lluvioso, el primero de noviembre. Empezamos un nuevo mes, centrada, en cuanto al aspecto de escritora se refiere, en el Nanowrimo de este año. Es un curioso invento cuyo única meta es la cantidad sin entrar a valorar la calidad.
¿Por qué participar entonces?
Para desinhibirme, bajar mis expectativas sobre mi propia producción, no detenerme con cualquier dato, simplemente remarcarlo en rojo para volver. Con ello quiero terminar de vencer los miedos y tirar hacia adelante. Soy consciente de que deberé volver sobre todo lo que escriba pero ya estará ahí y aun que ya dado carpetazo al síndrome de la página en blanco que me llegó a aquejar, sigo sintiendo un corsé que no me ha permitido, hasta la fecha, avanzar con la misma soltura en mi propuesta de novela que en otros escritos. La verdad y aunque lleve poco tiempo, de momento la cosa va bastante bien.

 Como es evidente y tal como había anunciado en mi anterior entrada, no voy a escribir nada nuevo para el blog durante el mes, por lo que voy a acudir al recurrido cajón de los recuerdos. Tras removerlo un poco y luego de dudar, me quedo con la última edición que le he dado a Bolboreta, un relato por el que siento especial cariño y predilección. No está bien que yo lo diga, y probablemente por ello defraude, pero es uno de mis escritos propios favoritos.
Quedó en su momento como tercero en la votación popular del Vconcurso de relatos de Hislibris, no siendo, sin embargo, del gusto del jurado al que escuché para hacer la edición que ahora publicaré  en este blog, a lo largo del mes de noviembre. Y ya termino... Para no querer escribir en el blog, menudo rollo acabé echando.

Bolboreta: Somos lo que recordamos


   La bombilla titilaba, descubriendo su marchita luz un suelo manchado de orines, heces y desesperación. Juana se hallaba sentada sobre el enlosado de una sórdida celda, en un rincón de una ciudad que apenas había llegado a conocer. Los recuerdos afloraban y se entremezclaban en un clamor visceral que violentaba su mente y embotaba sus sentidos.
   Buscaba sosegarse en medio de aquel entorno desalentador. Su pecho se hinchaba y aflojaba con velocidad, delatando su estado anímico. Sus ojos marrones y comunes estaban fijos en un techo, en el que las manchas de moho y humedad formaban extrañas figuras. En días anteriores, una de éstas le había recordado a la abstracta sombra de una mariposa; sin embargo, en aquel preciso momento, perdida en un piélago de lágrimas, no veía absolutamente nada.
   A pesar de lo que podría indicar su agitada respiración, le faltaba el aire y lo buscó en un profundo resuello como si acabara de emerger a la superficie del mar. Pasó sus delicados dedos por su rostro, recogiendo el lamento y sintiendo aún su sabor salado entre sus finos labios. Sus pupilas, rodeadas de un rosa salobre, se posaron sobre su mano izquierda cerrada con fuerza. Negó un instante y miró hacia otro lado, percibiendo nuevamente un cuaderno y una pluma con tinta sobre el sucio y frío suelo. Otro jadeo y abandonaría la superficie del océano revuelto de su mente.
   Irresoluta, Juana apoyó la libreta contra su regazo y la abrió a continuación. La estilográfica en su diestra, guiada por el hilo de Ariadna de su voluntad, se posó trémula sobre una hoja en blanco.

«La Coruña, ¿Julio? de 1936.
Querido Francisco:
     Aquí estoy, esperándote, deseándote, anhelando tus susurros, tu serenidad apasionada, tu calma arrolladora, tu ímpetu sosegado, tus suaves besos desenfrenados.
   Me han dejado papel y pluma, quizás con la esperanza de que cuente algo que no deba. Sin embargo he decidido, ya que no estás aquí conmigo, buscar tu compañía aunque sólo sea una febril ilusión. Te escribiré como tantas veces hemos hecho a pesar de vernos casi a diario. Dices que mis cartas son verdaderas novelas por lo largas que son, dada la cantidad de incongruencias que siempre te hacen gracia y descubren esos hoyuelos que tan bien le sientan a tu rostro. No me digas que soy halagüeña, siempre lo pensé, desde la primera vez que te vi. ¿Lo recuerdas?
   Recuerdos… Al final todo se resume a eso, hasta lo que somos tú y yo. Descubrimos el mundo. Lo desciframos con nuestras primeras conjeturas. Lo paladeamos vislumbrando la delicada trama de las relaciones sociales, políticas, las desilusiones y las sorpresas, los colores, las texturas, los sabores…    Aprendemos a amar. Soñamos con cambiar ese mundo que al final nos vencerá. Las máscaras se caen y, entonces, somos lo que recordamos.
   En estos instantes, son tantas las remembranzas que acuden a mi mente que me mareo. Siento un vértigo incontrolable mientras escribo estas consumidas letras.
   Recuerdo la primera vez que mis ojos se posaron sobre ti, en la biblioteca del Ateneo. Tan joven, tan elegante, con tu sombrero en la mano, el cuello de tu camisa almidonado, tus pantalones impecablemente planchados y tu chaqueta cruzada con esas hombreras que realzan tu espalda. Solías acudir con tus amigos de la facultad de Derecho. De vez en cuando, te veía hablando con Casares Quiroga, mientras el humo de tu cigarrillo iba inundando el ambiente formando una densa neblina.
Recuerdo el olor tostado de tu tabaco en aquella mañana de octubre en la que realmente nos conocimos. Fue un día similar al de nuestra boda, con la misma tenue luz acariciando los techos de Madrid. »

   Francisco se hallaba recostado en una cama con su pierna alzada y vendada. Su cigarrillo, aplastado contra el cenicero, aún luchaba por su vida emitiendo una débil humareda. Tras la edición de «El Sol» de aquella mañana se escondía su rostro. Éste pronto quedó al descubierto para observar a la intrusa que se adentraba en su habitación. La mirada de ambos delató al instante su mutua sorpresa al reconocerse.
   —Señorita Capdevielle —saludó el hombre entre confuso y educado—, no esperaba recibir una visita como la suya en un lugar tan poco adecuado como
   —Yo tampoco esperaba verle, señor Pérez Carballo —secundó Juana que tampoco pudo disimular su desconcierto.
   —En todo caso, no puede sino ser un placer recibirla en mi actual hogar —dijo Francisco sonriendo muy levemente mientras unos hoyuelos se formaban en sus mejillas. Con un sutil gesto de la mano, abarcó el lugar para dar más peso a sus hospitalarias palabras.— Aunque si me permite esta simple indiscreción, que en ningún momento contraviene mi bienvenida, ¿qué pudo llevar a tan afamada bibliotecaria, hasta esta triste habitación de hospital? No creo que usted se encargue de perseguir, por los confines de Madrid, a los pendencieros lectores que aún no han devuelto sus libros.
   —No lo descarte —contestó con donaire aquella mujer que rozaba la treintena—. Sus retrasos en las devoluciones son tan comunes y longevos que le convierten en una pequeña celebridad dentro de nuestro gremio —una sonrisa breve se dibujó en los finos labios de Juana—. Estoy aquí por un nuevo proyecto que estamos llevando a cabo. Un servicio circulante de lectura para los enfermos del Hospital Clínico San Carlos y de la Cruz Roja —se calló un instante negando levemente ante lo que consideró un terrible olvido—. Pero… qué maleducada. ¿Qué le ha sucedido?
   —No se preocupe, señorita Capdevielle, no es nada. Una mala caída. Fue luego de una de las últimas manifestaciones, al volver a mi casa me sorprendió un grupo de falangistas en plena calle. Tuve que huir y sufrí un desafortunado accidente cuando ya creía haberme librado de ellos. Es una simple fractura, pero los médicos afirman que necesito reposo —comentó pasándose una mano por sus despeinados cabellos tratando de darles un orden más adecuado.
Juana bufó al escucharlo.
   —Falangistas… Lo que nos faltaba. Son cuatro violentos fascistas y, por encima, el Gobierno aceptó su ayuda para participar de la represión en la huelga general.
Mientras la bibliotecaria del Ateneo y de la facultad de Filosofía y Letras pronunciaba aquella pregunta con un obvio deje de preocupación, pudo percibir como repentina y casi inocentemente los labios del militante del partido de Azaña perfilaron una ligera sonrisa. El joven de apenas veintitrés años acercaba confuso su mano hacia los oscuros cabellos ondulados de Juana. El contacto fue muy leve, apenas un roce, un instante fugaz que tuvo, sin embargo, inesperadas consecuencias. Desde una de las ondulaciones de la media melena de la mujer, unas pequeñas y níveas alas habían despegado su vuelo huidizo hacia un destino tan desconocido, en aquel momento, como el de la propia España y su joven República.
   —Gracias… No soy muy amiga de las polillas —señaló Juana con un deje de nerviosismo.
   Las cejas de Francisco se arquearon de forma irremediable.
   —Las polillas son en realidad una clase de mariposa. Ésta era blanca. Seguro que todo saldrá bien —afirmó con insolente obviedad—. En el pueblo de mi padre, en Lugo, dicen que en ellas habitan las almas puras, redimidas, que traen suerte y buenas nuevas.
   —¿En las polillas? —preguntó la bibliotecaria retóricamente, riendo con sutileza.
   —Sí, cómo lo oye, en las polillas. Aunque yo prefiero llamarlas mariposas noctámbulas, es mucho más… —titubeó pensando en la palabra adecuada— lírico. De hecho, en Galicia, les dan un nombre muy bello a las mariposas, las llaman «bolboretas».

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