Llega otro lunes, entre el sol y la lluvia. Esta semana escribí un relato corto. Espero que os guste.
Esperando el momento
El claro de luna iluminaba a través de los barrotes la destartalada habitación gris. Luisa se miraba en el pequeño espejo circular, oxidado por el tiempo, que había conseguido colar en aquel lugar. El único recuerdo de una vida pasada que ya parecía remota. Observarse era también una forma de enfrentarse a la realidad. Durante mucho tiempo, siempre acababa cerrando el espejo tras ver el rostro de un cadáver; su rostro. Ahora era capaz de regodearse en el reflejo huesudo que le devolvía aquel pequeño objeto. Hubiera podido romperlo y cortarse las venas y sin embargo, no lo había hecho. Ella nunca pudo escaparse de aquel lugar y con los años habían huido el valor y la voluntad. Ya no tenía fuerzas.
De repente, escuchó el ajetreo de una llave en la puerta de su celda y escondió, rauda, bajo su camastro, aquel dual vínculo con tiempos pasados más felices y el amargo presente. Tarde o temprano, a todos les llegaba la hora. Tras capturarla, todo había transcurrido en una paradójica miscelánea de celeridad y extrema lentitud. Horas de preguntas sin sentido, de palabras revueltas, de humillaciones, burlas odiosas y luego, la soledad. De día trataba de olvidar las noches en las que escuchaba, con aprensión, el asesino suspiro de las balas y los gritos, acompasados por el graznido de las gaviotas, de los que se aprestaban a morir fusilados.
Luisa iba a morir, llevaba años preparándose para aquel momento. Al principio el terror la había atenazado, haciéndose consciente de su propia desaparición, ahora casi deseaba que llegara aquel momento y la liberara. A su vera, retumbaban los pasos marciales de la soldadesca que la escoltaba. Una gran puerta metálica acababa de abrirse. Frente a ella el claro de luna se reflejaba sobre el mar, mientras las gaviotas graznaban ostentando su libertad. Luisa inspiró el aire salobre que el océano le brindaba. Aquel, pensaba, era un hermoso lugar para su punto y final. Pronto todo se acabaría y sería tan libre como aquellos pájaros, cuyo vuelo circular, semejante al de las aves carroñeras, podía ver en las sombras que se reflejaban a sus pies.
Uno de los soldados la empujó con desdén. Luisa tropezó y se alzó, dándose la vuelta. Quería recibir a la muerte mirándola a los ojos. Y de repente la realidad impactó de pleno contra ella, como un disparo súbito y fugaz, insospechado y preciso, un balazo entre las cejas.
―Eres libre― dijo el que acababa de empujarla.
Una ráfaga de aire cargado de sal y angustia golpeó contra el rostro de Luisa. Sintió como el vértigo embargaba sus sentidos. Por primera vez en años, tenía miedo.