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martes, 17 de enero de 2017

El Imperio contraataca: paralelismos entre Roma y Star Wars (parte II)

   Estoy abrumada con el número de visitas de la primera parte de este artículo, con unas 8500 en tan sólo una semana. Para algunos, quizás sea poco. Yo me he quedado sorprendida. Sorprendida y agradecida.

   Dicho esto, y en este martes heleado y soleado, continuamos con este artículo. Nos habían quedado unas cuantas ideas en el tintero en la primera parte.
Terminamos en el momento en el que Palpatine alcanzaba la púrpura imperial, relacionándolo con el ascenso de Augusto. 

Más allá de la eternidad

   Desde ese momento, llaman la atención las palabras de Palpatine. Durante el discurso en el que proclama el Imperio, el hasta entonces canciller asegura que éste durará “más de diez mil años”[i]. Esta idea de pervivencia, claramente parece remitir al concepto romano de aeternitas que luego recogerá el III Reich.


   Roma aspiraba a la eternidad. Pero esta palabra no significaba para ellos lo mismo que para nosotros. 
   Recuerdo muy bien algunas de mis clases de Historia de Roma impartidas por un emérito catedrático al que, espero, la tierra le sea leve. Recuerdo como, entre las volutas del humo de sus puritos, ampliaba mi visión sobre Roma. Se detenía en conceptos en lugar de recapitular hechos, rompiendo con lo que yo creía y acrecentando mi admiración por aquella cultura. .
   Aeternus, pues,  proviene de la palabra aetas que significa “era”, “edad’, como cuando decimos “era de la información” o ‘Edad Moderna’. Aeternus  se asimila a “lo que pertenece a una edad”. En su propia visión de las edades de la humanidad, los romanos creían que a Roma le tocaba su propia edad, mil años según la profecía etrusca. Para cumplir adecuadamente con esa profecía, Roma no podía entrar en decadencia ni ser destruida. Roma debía pervivir y todo ello significó un gran programa de estabilidad. Roma duraría mil años, Roma sería eterna.
   Pero centrándonos de nuevo en la idea de Palpatine, se entiende por su discurso, que pretende inaugurar una nueva era. Una nueva edad, ampliando el tiempo de la República y sus 1000 años, para superar las barreras de la eternidad. De hecho, apela a la necesidad de estabilidad a lo largo de ese mismo discurso: “A fin de poder garantizar la seguridad y mantener la estabilidad, la República, de forma inmediata, se convierte en el primer Imperio galáctico”.

La guardia pretoriana y la guardia imperial

   Una vez en el poder, Palpatine se rodea de una guardia imperial.




  Esta guardia del emperador, de nuevo, nos remite a Roma y a la guardia pretoriana que fue formalmente creada por su primer emperador, Augusto (ya desde los tiempos de Escipión algunos líderes militares de importancia tenían a una guardia personal) y que, con el pasar de los años acabará tomando una enorme importancia en el devenir de la Historia del Imperio romano, ayudando a alzar o hacer caer emperadores.

El borde exterior, el limes y los reinos clientes

   El Imperio de Star Wars se extiende hasta los límites de la Galaxia y fuera de estos límites la vida se vuelve más salvaje. Hablábamos en el anterior artículo de las dificultades que experimentan ambas repúblicas en mantener estas fronteras y ahí, de nuevo, podríamos hacer otro símil, el de los limes o fronteras de Roma.

   Así mismo, dentro de estos límites, encontramos en el Imperio galáctico, reyes fácticos que conviven con el poder imperial. Es el caso de Jabba el Hutt cuyo ejemplo recuerda el de los reinos clientes de Roma. Estos reinos clientelares llegaron a ser importantes a la hora de entender el entramado defensivo del Imperio. Los soberanos de los estados clientes eran oficialmente designados por el Senado como “reyes amigos y aliados del pueblo romano”. En ese momento ―si no la poseían ya― recibían la ciudadanía romana. Sus reinos no eran independientes pero sí autónomos, convirtiéndose, de hecho, en estados vasallos o protectorados romanos.



   Volviendo a Jabba el Hutt, llama la atención las características de su corte, de tipo oriental. Cantantes, esclavos, vinos, comida a raudales, rodean una corte exuberante en la que la vida es diversión y en la que, incluso, encontramos ejecuciones convertidas en espectáculo a manos de criaturas salvajes.

Un nuevo paralelismo salta a la vista… Pero de éste y otros temas trataremos en la última entrega de esta serie de posts en la que hablaremos sobre todo, del ocio en ambos mundos.


Fotografías procedentes de: 



[i] http://es.starwars.wikia.com/wiki/Imperio_Gal%C3%A1ctico

lunes, 9 de enero de 2017

El Imperio contraataca: paralelismos entre Roma y Star Wars (parte I)

Estos días, tras la muerte de Carrie Fisher ―a la que la tierra le sea leve― a mi marido y a mi, se nos dio por volver a ver las películas de Star Wars. Mientras las escenas de las precuelas ―episodios I, II y III― volvían a sucederse ante mis ojos, y pasados los ya habituales momentos de indignación, por aquello de los “midiclorianos”, los problemas de continuidad con la saga original o el tedio que provoca Jar Jar Binks, recordé aquello que se me ocurrió, hace muchos, muchos años, en una tierra no tan lejana. Siendo aún estudiante, vi el estreno de aquellas nuevas películas y relacioné lo visionado, con mis clases de Historia de Roma.

Es verdad que probablemente Star Wars beba de muchas mas historias y pueda recordar a muchas otras. Samurais, templarios, Nazis y resistentes son algunas referencias que acuden a nuestras mentes con facilidad, cuando pensamos en los jedis, o vemos los uniformes de los imperiales.

Sin embargo, sea por deformación “profesional” o lo que fuere, cuando veo estas películas, especialmente las precuelas, no puedo evitar pensar en el final de la República romana y el principio del Imperio. Quizás el paralelismo sea muy obvio, pues es parte de la trama principal de estas películas, pero me parece mucho más profundo.

Ya, desde el inicio del episodio I, la situación de crisis de la República parece clara. “La República Galáctica está sumida en el caos” dicen los títulos iniciales. La Federación de comercio impone un bloqueo sobre Naboo ―un territorio situado en la periferia de la Galaxia― sin que la República sea capaz de gestionarlo, ya que el Senado “debate interminablemente”, sin llegar a actuar de forma diligente. A la República galáctica, corrompida en casi todos sus estamentos, le cuesta mantener el orden, sobre todo en el Borde exterior, unos territorios a menudo más salvajes y bárbaros. Frente a las dificultades se eleva la figura de un hombre que, poco a poco, acaba acumulando poderes delegados por el propio Senado para acabar erigiéndose, como salvador de la República y convertido Emperador.




El paralelismo, a grandes rasgos ―siempre estamos hablando a grandes rasgos― parece claro. Roma también debía enfrentarse a algunos focos de resistencia como los Partos en Oriente o los Piratas, con unas amplias fronteras rodeadas de territorios salvajes. Sus instituciones estaban corrompidas hasta los cimientos y se vio sumida en una importante Guerra civil ―aquí los motivos distan bastante entre Roma y la República galáctica― de la que salió a flote con la elevación de un hombre que, poco a poco, sea por causa o consecuencia, fue acaparando poderes.

Todo esto está muy simplificado, obviamente. En Palpatine podemos ver a Sila, Pompeyo, Julio César o Augusto.

Siempre me pareció llamativo lo que descubrí, al escribir estas líneas, se llamaba  el “Estatuto 312B” . En esa escena del episodio II, ante la situación de Guerra y gran inestabilidad, el Canciller Palpatine logra  ganar la votación y con ello, acumular poderes y prerrogativas. Es imposible no recordar a la magistratura de la dictadura tras ver esa escena. Era una magistratura extraordinaria prevista en el orden constitucional, que se planteaba en momentos graves (guerras o disturbios). Entonces, uno de los cónsules nombraba un dictador con poderes extraordinarios para salvar la dificultad. No podía legislar y su duración era breve (seis meses, pudiendo renunciar antes). Se trataba, por lo tanto, de una suspensión del orden republicano para su propia protección. Algunos hombres fuertes como Sila o Julio César hicieron uso y abuso de esta institución.

En el caso de Julio César, es de sobra conocida la forma en la que aconteció su asesinato, a manos de algunos autoproclamados defensores de la República. De un mismo modo, Palpatine es víctima de un intento de asesinato por parte de los Jedis que pasan por encima del orden constitucional: “Tiene el control del Senado y de los Tribunales, es demasiado peligroso para dejarle vivir” le dice Windu a Anakin.

Bien es cierto que que Palpatine resulta ser un Sith y Julio César, no (aunque algunos probablemente lo vieran como tal). Palpatine sobrevive y Julio César muere, dando, con ello, el pistoletazo de salida para una nueva Guerra Civil en la que se impondrá Augusto, el primer emperador.

 El Senado de Roma le otorgará el título de emperador a Octavio Augusto (un título que tiene connotaciones diferentes en Roma), mientras Palpatine, nos devuelve el paralelismo regurgitado por Hollywood, en un pleno del Senado, en el que proclama “la nueva República galáctica Imperial” de la que se declara emperador. Al finalizar, se escucha una de las mejores frases de la Saga en boca de Padmé: “Así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso”.

Continuará…


Fotografía procedente de: http://www.starwars.com/databank/galactic-senate

lunes, 2 de enero de 2017

De Jano y del año nuevo

Hoy es lunes y ha empezado un nuevo año. Año nuevo y vida nueva. Demos la bienvenida a este 2017, tras un 2016 que acabó tomando tintes de asesino en serie. Con la vista puesta en el año que se inicia es el momento de recordar el año que acaba de terminar. El año del BREXIT, atentados yihadistas, de la elección de... Donald Trump, de un sin fin de elecciones en España, de la baja laboral de... ¡Jordi Hurtado!, de la muertes de políticos, estrellas del pop, futbolistas convertidos en teólogos del balompié, escritores o de una princesa a la que no le llegó el tiempo, procedente de una galaxia muy lejana. 

   Y por fin acabó el año. El apocalipsis zombie no se ha desatado, ni se han retrasado las profecías mayas del 2012 para, a pesar de las perspectivas creadas, desatarse al final de 2016. Las campanadas volvieron a doblar sobre la puerta del sol (¡sin el hombre de la capa!) , el año nuevo ha llegado, y pasados unos días, se acabó el recuerdo. Volvemos al frenesí de lo cotidiano y al presente inmediato. 

Entonces, me veo tecleando frente a mi ordenador y mi mente vuelve a volar y relacionar mis pensamientos con Roma. Al fin y al cabo, todos los caminos vuelven a la ciudad prometida a Eneas. Es el principio y el final, una alfa y una omega. 

Al igual que el dios Jano, al que estaba dedicado este mes, como si tuviéramos dos rostros, uno joven mirando con esperanza hacia el futuro y otro anciano, con la vista puesta en el pasado, hemos vivido estos días de transición. Es una imagen evocadora, poderosa, no exenta de mística. A diferencia del dios de las dos caras, no necesitamos de ningún Saturno exiliado del Olimpo para hacernos con ese don, basta, en realidad, con atesorar y evocar a la memoria y a la esperanza. 



   Parece fácil conjugarlas, pero quizás no lo sea tanto. Como decía Gieco, en su, valga la redundancia, memorable canción: "Todo está guardado en la memoria, sueño de la vida y de la Historia".

   No es fácil mirar al rostro de la Historia o de nuestras historias, enfrentarse a heridas que se creen cerradas.Todos, creo, deberíamos tener algo de Jano en nosotros, tanto como individuos, al igual que como sociedad. Todos deberíamos saber mirar al pasado y también al futuro con esperanza.

 Parece mentira, pero yo pido más fines de años. ¡Sí! ¡Quiero más uvas y cotillones! ¡Dadme más cenas familiares!, si con todo esto, fomentamos a nuestro Jano interior. La introspectiva, la perspectiva, la retrospectiva... y todo lo que termina en IVA (bueno, ese es relativo), en un mundo que vive en clave de un presente que se queda obsoleto al tocar la pantalla del smartphone para leer la siguiente noticia. 

  Ahora que está terminando el empacho de dulces navideños y que los turrones y mazapanes se están agotando, seamos una vez más Janos, miremos al futuro, con la vista puesta en el pasado. Recordemos las palabras de Ovidio, en sus Fastos, en una conversación ficticia con el hoy mentado dios romano:


"-¿Qué anhelan los regalos, dátiles, higos secos, 
miel que destella en tarros blancos como la nieve?
-Son presagios que buscan que ese sabor perdure 
y que el año que empieza transcurra con dulzura."

   Que el nuevo año transcurra con dulzura. Feliz 2017.







lunes, 20 de junio de 2016

Bolboreta: El final

Hola a todos. En este lunes soleado y caluroso, que preludia el próximo verano, vuelve Bolboreta. Como anuncia el nombre de esta entrada, llegamos, con este capítulo, al final de la historia. Es un capítulo que puede leerse como un relato en si mismo, sin haber leído nada anterior.
Si os gusta, podéis probar a leer el resto de esta historia que empezaba aquí. Si simplemente queréis refrescar lo último, aquí lo habíamos dejado. 
Con todo, no os extrañéis ante la falta de publicación,en las próximas tres semanas, ya os contaré en la siguiente entrada.
Os dejo con el final de esta historia a la que tengo especial cariño.

Bolboreta: El final



   —¿A dónde me llevan? —pregunta. Pero no hay respuestas, sólo el transitorio silencio resquebrajado por el zumbar del motor del auto.
   Los minutos se escurren lánguidos, parsimoniosos y torpes. A través de la ventanilla del coche en movimiento, las sinuosidades de los montes se entremezclan con el cielo, las hojas de las arboledas con las volátiles nubes, las praderas se funden con el asfalto y éste con la tierra. Los pueblos se suceden, los paisajes cambian pero se repiten y los kilómetros se agotan.
   —Ya estamos muy lejos, Miguel —le señala el conductor al otro guardia civil que, tras pensárselo unos segundos, asiente.
   El rumor del automóvil se detiene. Están en medio de ninguna parte, a más de cien kilómetros de su punto de partida. Cerca de la línea del horizonte se adivina un pueblo. Juana, inquieta, gira su alianza sobre su dedo anular.
   —Baja —ordena el que acababa de hablar con su compañero a la bibliotecaria, acompañando sus palabras con un tímido gesto de la cabeza.
  —¿Por qué? —pregunta Juana angustiada.
  —Ha dicho que bajes o ¿es que las chicas estudiadas como tú no quieren entender cuando les hablan? —barrunta Miguel, el segundo de los guardias civiles.
Nervioso, la toma por el cuello de su vestido para atraerla hacia fuera del vehículo, retorciéndole el brazo y manteniéndola inmovilizada.
   —No quieres entender una orden porque estabas acostumbrada a mandar sobre el calzonazos de tu marido, el «señor Capdevielle» —continua con sorna—. Le pedías que armara a la gente, que tomara rehenes entre los nuestros para que se mantuvieran tranquilos, ¿eh, zorra?
   Juana tiene miedo. Arma unas frases a modo de protesta que, en el fondo, sabe inservibles.
   —Está preñada, Miguel —objeta el otro guardia civil—. Podríamos dejar que se vaya lejos… Podrías irte a Portugal —le dice a la mujer.
  Ella asiente apresuradamente. Cuando en lo más oscuro de la iluminada cárcel había escrito que ya no quería vivir, era porque no había mirado a la muerte de frente. Y la Parca no lleva una guadaña. Tiene una pistola y viste de verde.
   —Qué pesado eres, coño. Ya lo hemos hablado… ¿Y dejar que crie a otro canijo rojo? ¿Ella no quería ser como un hombre, manganeando a todo Dios? Pues que muera como un hombre, cojones —bufa Miguel—. Y déjate de lloriqueos que parece que ella lleva mejor los pantalones que tú —rebate a su compañero para luego fijar su mirada sobre Juana.
   El tiempo se agota, interminable, mientras las pupilas de Miguel se dilatan observando lascivo a su presa.
   —Yo me la tiraría. Es un desperdicio no hacerlo. Mi mujer no me dejaba cuando estaba preñada. Siempre quise hacerlo con una embarazada. ¿Le meterás el pito en el ojo al niño? — pregunta riéndose.
   —¡Ah! Déjate de tonterías —interrumpe el otro guardia civil cansado—. La iban a deportar y a ti y a Morais se os metió entre ceja y ceja pegarle un tiro. Morais tiene muchas ideas pero luego se queda en el cuartel… Y a mí siempre me toca apechugar y hacer el idiota. Si quieres matarla, termina ya, que no quiero saber nada de esto.
   Las frases se filtran por el oído de Juana para restallar contra su tímpano. Por primera vez en su vida, no encuentra las palabras adecuadas. Llora. No es autocompasión, es cólera. La rabia porque su mundo tiene que acabarse. La ira por haberlo perdido todo tan velozmente, por un hijo que jamás respirará; furia porque la piedra la aplaste antes mismo de llevarla hacia la cumbre.
   Miguel la empuja con desdén. Juana tropieza y se levanta, mirando a aquel hombre que no la conoce, sin entender el por qué de tanto odio. Quiere correr, huir de ese lugar, pero el tiempo se acaba.
   El primer disparo es súbito y fugaz, insospechado y preciso, un impacto contra su abdomen. Su cuerpo se eleva sutilmente y, luego, cae sobre la cuneta de la carretera, trémulo.
   La consciencia de Juana se debate frente a un tenue velo intangible. Mira hacia su mano teñida de rojo. «Recuerdos… Al final todo se resume a eso», rememora. Trata, en vano, de taponar el hueco sangriento de su vientre que alojaba vida. Su boca se entreabre. Las palabras se arrastran:
   —Bolboreta de alitas doradas… que te posas en la cuna vacía…
   Miguel vuelve a disparar. Juana siente como la muerte se filtra por su piel. El vacío es aterrador. El dolor la ciega. Detrás de aquel velo incorpóreo, percibe un abismo helado y una mariposa arrastrada por el vendaval que cae en picado, mientras el aire le arranca sus níveas alas.
El verbo se apaga. El silencio quiere imponerse, victorioso en la muerte, pero Juanita, que aún lucha por su consciencia, sigue susurrando:
   —Pues por él me preguntas, ya sabes, ¿qué fue de mi niño? Oh, bolboreta… libre, donairosa, galante…seductora…
   Un tercer disparo rasga el aire y atraviesa la carne de Juana. Una gaviota, extraviada, bate sus alas, pues no reconoce su hogar. Miguel, a grandes zancadas, se acerca a ella. Sin pensárselo, remata su faena con un último tiro. La boca de Juana está entreabierta, encadenada a la última sílaba pronunciada, la carne agujereada y la mirada hueca. Su silencio es infinito. Ya no puede pensar. 

lunes, 6 de junio de 2016

Un hombre sin nombre

Hoy es un lunes con un sol que brilló tras escapar de unas nubes, cuyo gris quedó atrapado en las gotas de lluvia. Un lunes para una poesía y el recuerdo de excavaciones arqueológicas recientes.


Un hombre sin nombre



Hubo vuelos fallidos, sobre barros dormidos.
Lloran sin palabras, los huesos hallados,
por ánimas enredadas,
en telarañas apócrifas.

Ni repican las campanas.
Ni humean velas disipadas,
por el sudor enterrado,
y el verbo en el lodo oxidado.

Entonces yo excavaré.
Con mis manos arañaré
la tierra que el silencio ahogó.
Vician el aire las cenizas sin voz.

Veo huesos batidos, de tumbas removidas,
en una escombrera, hoy numerada
que bajo la piedra fue olvidada,
con un hombre sin nombre. 







lunes, 30 de mayo de 2016

Bolboreta: el efecto mariposa

 Hola a todos. Hoy fue un lunes en el que se vislumbraba entre las nubes un camino hacia el verano. Seguimos con Bolboreta. Este es el penúltimo capítulo y si aún quereís engacharos a esta historia, estáis a tiempo. Os dejo un resumen de unas 600 palabras.

Si preferís tomaros el tiempo de leer esta historia entera os llevará una media hora de vuestras vidas, que, espero juzguéis, os habrá valido la pena.  Aquí empieza y ésta fue la anterior entrada.

Bolboreta: el efecto mariposa


Composición de mariposas que crean un efecto mariposa

«Ya no puedes pensar. Sólo vives en el recuerdo, en ese pequeño cuerpo que crece en mí y que no conocerá a su padre y quizás ya no nacerá. ¿De qué vale nacer en un mundo como éste? En el que la libertad es barrida por las armas, en el que el pensamiento es encañonado, tiroteado y asesinado sin piedad.
Esto ha sido como lo que, recelo, te ha matado: un disparo súbito y fugaz, esperado y preciso, un impacto justo entre las cejas.
Nunca creí que la mandíbula pudiera dolerme de tanto llorar, pero, a pesar de ello, mi llanto prosigue sin sentido real, pues no te devolverá a este mundo. Hay algo en mi pecho que no me deja respirar, una opresión que comprime mi corazón como si fuera una esponja exprimida con fuerza que vertiera lágrimas. Quizás debiera abrir lentamente mis venas con esta pluma, derramar mi sangre en vez de mis sollozos para morir y abandonar este absurdo lugar. Desistir de escribir estas insensatas líneas; esta carta a nadie… esta respuesta a tus palabras desde ninguna parte. Pues Dios no existe y si tenía el más mínimo atisbo de duda, ha desaparecido ante el cadáver de esa bolboreta nocturna calcinada, ha dejado de existir junto con tus pensamientos…»

Un chiflido acompasó el movimiento de Juana al arrancar las hojas de la libreta en la que había escrito su «carta a nadie». Las observó perdida en medio de sus sollozos. De repente, las rompió, desgarró y destrozó, como si al convertir el papel en un confeti para una fiesta macabra, pudiera vengar la muerte de Francisco.
Las horas siguieron y, nuevamente, encerrada en el círculo vicioso de la percepción, al silencio le volvió a suceder el sonido. Los goznes de la puerta de su celda chirriaron y giraron.

*****
—No me devolvieron su alianza… No me devolvieron nada. No sé siquiera en dónde está su cuerpo —afirma Juana mirando hacia las gafas redondeadas de Victorino Veiga.
Diez días han pasado ya desde que la liberaron de la cárcel. No le dieron ni una explicación. Sola, desesperada, en la calle, y con la única obligación de no residir en la capital provincial, había sido acogida por Victorino Veiga, compañero de partido de su marido y amigo, en su casa de Culleredo.
—Sé que te estoy pidiendo un imposible, Juana, pero no debes recordar lo que ha pasado. Tienes que poner tu vista en el futuro, pensar también en tu hijo. Mañana nos iremos de aquí.
Juana parece no haberle escuchado.
—No necesito una tumba para rezar pero sí para creerme que está muerto. Un lugar en el que pueda despedirme de él. Decirle simplemente adiós. Si pudiera cavar yo misma ese hoyo para que mi cuerpo se embriagara en el esfuerzo y mi mente lograra descansar… Él pudo decirme adiós, pero yo…—suspira—. Y se dicen cristianos. No hay una tumba en donde llorar —baja la mirada—, ni me quedan fuerzas para hacerlo.
Victorino, incómodo, remueve la cánula de su pipa.
—Entiendo que todo esto es duro Juana, pero el tiempo, los años y me atrevo a decir que la Historia, pondrán a cada uno en el lugar que le corresponde. Nosotros ahora tenemos que salir adelante, sobrevivir.
—Sobrevivir… Madrid no ha caído y venceremos. Algún día, asistiré a la muerte de esos asesinos retrógrados —asevera Juana manteniendo su mirada incrustada en los pequeños anteojos circulares de Victorino—. Pero ¿hablar de Historia a estas alturas? Ellos han pisoteado las reglas del juego. Sin embargo, quizás, nunca supimos crear las adecuadas. —Un suspiro es exhalado de entre los labios de la bibliotecaria—. He tenido tiempo para pensar en la cárcel. Algunos de los ahora fieles a la República han transgredido esas reglas también. Recuerda cómo se pusieron las cosas en el treinta y cuatro… No hemos sabido evitarlo, no hemos afianzado la democracia y ahora… Ahora lo estamos pagando con sangre tan roja como algunas de las ideas que se pregonaron. La historia juzgará todo eso también… —chasquea su lengua—. O no —ríe muy levemente con obvio cinismo —, y a decir verdad, ahora mismo, me importa un comino la Historia y su huella indeleble en la consciencia de los hombres.
Victorino no sabe qué decir ni qué hacer para ayudar a la mujer.
—Necesitas descansar Juana. La cárcel, lo que le ha pasado a Francisco y también tu embarazo. Luego verás todo con más perspectiva.
—¿Perspectiva? Recuerdo cómo Ortega me decía, cuando aún era alumna, que el hombre es capaz de modificar su contorno en el sentido de su conveniencia… Quizás un día pueda ver esas ingestas forzadas de aceite de ricino como una ayuda para mi sistema digestivo.
Juana se queda callada durante unos largos y pesados segundos. Victorino, mientras tanto, inunda la habitación con las tortuosas líneas de humo que emergen de su pipa. Los ojos de la mujer siguen el recorrido fantasmagórico de éstas hasta que, finalmente, se posan en su propio cuerpo. La visión de su redondeado vientre produce un inesperado efecto mariposa en su mente.
—Perspectiva… —reenfoca la mujer pensativa—. Quizás pueda lograrlo a la postre. Empezar de nuevo… Será como lanzar una moneda al vuelo y ver si tengo suerte. Tendré que ser como Sísifo, y esperar que no vuelva a deslizarse la piedra…
Sin embargo, todo acaba cayendo por su propio peso. Los vasos se rompen al chocar contra el suelo, la hierba se moja al llover, las piedras ruedan pendiente abajo y las monedas, lanzadas al aire, se caen presentando una cara o la cruz.
Tres sonoros golpes doblan contra la puerta de la casa de Victorino Veiga. Todo ocurre con una rapidez inusitada. Unas palabras, unas protestas, y Juana Capdevielle sube a un coche rodeada por dos guardias civiles.

—¿A dónde me llevan? —pregunta. Pero no hay respuestas, sólo el transitorio silencio resquebrajado por el zumbar del motor del auto. 

Continúa aquí

Imagen procedente de: http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=14644

lunes, 23 de mayo de 2016

Bolboreta: El silencio

Hola a todos, en este lunes soleado, seguimos con  "Bolboreta", un relato basado en hechos históricos. El final cada vez está más cerca y para los que no leyeron nada del relato hasta ahora, os dejo un resumen, de menos de 600 palabras, con todo lo sucedido y los pasajes más importante, para que podaís engancharos si así lo desáis.



Si lo preferís, podéis leerlo entero (os llevará como mucho media hora). Aquí empieza y ésta fue la anterior entrada.
Bolboreta: El silencio

Mujer espera enloquecedora y sólo escucha el silencio

«Avancé unos pasos y me agaché para observar el cadáver maltrecho de aquel insecto y, simplemente, lloré. Tantas horas esperando, tanto silencio sin sonido, preguntas sin respuestas, pudieron con mi razón. Cuatro días habían transcurrido con sus inefables noches desde que te había abandonado a la diosa Fortuna. Cuatro días sin ninguna noticia del mundo exterior, pues aquella casa no tenía radio.
Habrás de perdonarme por haberlo estropeado todo al final. La experiencia me ha demostrado cuánta sabiduría encerraban mis viejos prejuicios acerca del amor. Los amantes, desesperados, actúan con singular precipitación y falta de raciocinio. Cumpliendo con aquel primigenio supuesto, no pude escaparme a la telaraña de este simple silogismo aristotélico.
Como aquella mariposa nocturna, perseguí la luz. Bajé corriendo las escaleras y, a pesar de las advertencias de Gonzalo, salimos en busca de un teléfono. Cuando al fin lo hallamos, llamé con exasperado apresuramiento a la Guardia Civil para que me informaran acerca de tu paradero.
 “Claro, señora. Ahora vendremos a recogerla y la llevaremos junto al señor gobernador que está sano y salvo.”
Ésta fue, grosso modo, su respuesta. Nunca creí que pudiera escupir de forma tan insolente sobre la faz de la razón. Definitivamente, habré de confirmar las palabras que mi siempre apreciado profesor, Ortega y Gasset, apostillaba con realismo. “El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza.” ¿Pero qué hubiera sido de mi vida si no te hubiera conocido y amado?
Como no podía ser de otra forma, unas horas más tarde, estaba encerrada en esta sórdida celda de La Coruña. Tan cerca y tan lejos de ti a la vez.»
Todo había transcurrido en una paradójica miscelánea de celeridad y extrema lentitud. Primero llevaron a Francisco hasta el cuartel de Atocha en donde fue recibido y despedido, en apenas unas horas, por los cáusticos comentarios del coronel Martín Alonso. No había tenido tiempo siquiera de pensar en su nueva situación hasta su traslado a la cárcel de la Torre. Un nombre curioso para una penitenciaría, pues le otorgaba ciertos tintes medievales a pesar de su reciente construcción.
Tras el inicial interrogatorio, imbuido en la asfixiante soledad de su celda, Francisco tuvo cuatro días para reflexionar. Cuatro noches para escuchar, con aprensión, el asesino suspiro de las balas y los gritos de los que se aprestaban a morir fusilados frente al vetusto faro romano. Cada anochecer oía también el graznido penetrante de las gaviotas, batiendo sus alas sobre los techos de la prisión. Aquellos chillidos de las aves parecían una jactanciosa burla. Una ostentosa demostración de la libertad animal frente al encierro de los hombres.
El sol había vuelto a retirarse tras la línea del horizonte con rumbo a tierras más pacíficas, cuando el joven gobernador pudo escuchar el ajetreo de una llave en la puerta de su celda.
Un hombre grueso, vestido con hábito marrón oscuro entró. Lucía una pequeña pero llamativa mancha de nacimiento justo debajo de su ojo derecho que le proporcionaba un perpetuo aire de tristeza. Parecía estar llorando. Con la misma parsimonia con la que avanzaba hacia el joven, el fraile compostelano empezó a hablar:
—No le queda mucho tiempo, hermano. Ha llegado el momento de encomendar su alma a Dios.
—¿Mi alma a Dios? —aquello fue como un golpe, un gancho de derecha directo a la boca del estómago. Francisco sintió sus piernas temblar primero y luego, un terrible sentimiento de incomprensión—. ¿No hay… juicio? —preguntó anonado.
—Sólo vengo a cumplir con mi deber. No tengo más información que la de tener que confesarle —contestó Fray Bonifacio, lacónico.
Francisco se sentó en el camastro tomándose la cabeza entre las manos. Tras unos minutos de silencio, se acercó los dedos a los labios y besó su alianza. Volvió a alzar su mirada azulada hacia el fraile que había tenido la decencia de no interrumpirlo.
—Habla, hermano, despréndete de las cadenas de tus pecados para hallar la paz.
—Déjese de sus discursos preconcebidos. No tengo ni ganas ni paciencia —rezongó Francisco— Es otro interrogatorio en realidad, ¿no? Una forma de sonsacarme una información que ya os entregué, pues no hice nada de lo que tuviera que avergonzarme.
Había mentido en realidad en algunos datos, paraderos, como el de su mujer.
—Debería creer en el secreto de confesión —Fray Bonifacio se quedó callado, ofendido, durante unos segundos—. ¿No va a confesarse? ¿No quiere estar en paz con Dios? —preguntó incrédulo el fraile.
—Guárdese su confesión y déjeme pasar mis últimas horas en paz —escupió Francisco con rabia contenida.
—Yo de usted, hermano —aquella palabra sonaba especialmente irónica en los labios del religioso en ese instante. Su mancha de nacimiento, que recordaba una lágrima derramándose, parecía ahora más de indignación que de lamento—, me lo pensaría. Si se confiesa, tiraremos a la cabeza, si no lo hace, será a la barriga.
«La realidad es que perdí la cuenta del tiempo desde que estoy encerrada en la cárcel. Todos los días son iguales, taciturnos y solitarios. No hay sol, no hay noche, sólo esta maldita bombilla que nunca se apaga y no deja de recordarme la muerte de esa bolboreta nocturna: mis errores. Quisieron hablar conmigo al principio. Horas de preguntas sin sentido, de palabras revueltas, de humillaciones, burlas odiosas y luego, como pregonaba mi profesor de música, al sonido le sucedió irremediablemente el silencio. No sé cuántas redondas fueron expresadas en el pentagrama, aunque sí sé que los militares tuvieron un extremo mal gusto al componer tan odioso réquiem.
He dado vueltas hasta llegar a este momento, como si mientras escribiera pudiera postergar la realidad, como si relatándote nuestra historia, la reviviese y llegara a creerme su desenlace, o incluso, cambiarlo. Pero no.
Hace unos días entró un hombre por la puerta. No se regocijó en su labor. Fueron unas pocas y escuetas palabras para decirme que… te habían fusilado. Decirme que has muerto, que ya no estás en este mundo, que…»
Juana mantuvo su pluma en alto, obnubilada por el peso sus propias palabras.
«Tras su brutal anuncio, me entregó sin dilación una nota tuya. Si el número de lecturas gastara el papel, esa carta sería ya polvo y olvido.»
La bibliotecaria abrió lentamente su mano izquierda, encontrando ahí, una pequeña hoja arrugada. Su mirada se posó sobre aquella última carta que cruzaría nunca con Francisco, una despedida:
«Has sido lo más hermoso de mi vida. Donde esté y mientras pueda pensar, pensaré en ti. Será como si estuviéramos juntos. Beso tu anillo una vez cada día. Te quiero. Paco.»[1]

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Ilustración de Alexandra Levasseur



[1] Nota de Francisco Pérez Carballo a su mujer, conservada por los familiares de los protagonistas.

miércoles, 18 de mayo de 2016

¿Plagio o no plagio, esa es la cuestión?

   Hoy es miércoles, lo sé. No me he vuelto loca, no (o eso creo), pero hoy es un "miercolunes", pues ayer fue el "día das letras galegas" aquí, en Galicia, así que para muchos en mi tierra, hoy empieza o se reanuda la semana.
   Dicho esto, y tras un miércolunes al sol, quería empezar agradeciendo a las más de 50.000 visitas que ha recibido este blog desde que lo empecé. Sólo es una cifra pero, al menos refuerza la sensación de que hay alguien al otro lado de la pantalla de mi ordenador.
   Pero vayamos al meollo, hoy quería hablaros de un tema siempre candente en la realidad virtual: el plagio.


¿Plagio o no plagio, esa es la cuestión?

Caricatura basada en la escena del ser o no ser de Shakespeare

Parafraseando a Shakespeare planteo esta duda y es que en realidad, es un tema complejo que probablemente el famoso dramaturgo de la pérfida Albión se habrá planteado. Las últimas generaciones siempre tienden a mirarse el ombligo y pensar que tienen (tenemos) la exclusividad, tanto para lo bueno como para lo malo. El plagio es un mal endémico de nuestro siglo propagado por internet. Sin embargo, no es así, pues a lo largo de la Historia existieron numerosos y sonados plagios. ¿Qué hubiera dicho Homero si hubiera tomado una de esas puertas del ministerio del tiempo y se hubiese topado con la Enéida de Virgilio? No lo sabemos. ¿Y Athur Brooke, autor de un largo poema llamado “The Tragicall of Romeus and Juliet” de 1562, más de treinta años antes de la obra de Shakespeare?
El nombre de Shakespeare vuelve a surgir. El círculo se ha cerrado.  ¿Pero son realmente plagios? ¿Qué es un plagio?
Según la RAE es “Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias.”Por lo tanto podríamos decir que la definición académica se compone de dos partes diferenciadas que aun así admiten también dudas en la interpretación. ¿Qué es lo sustancial? ¿Citas literales? ¿Una idea? ¿Varias? ¿Unas notas musicales? Sin entrar en polémicas de si Homero existió o no, ¿podría denunciar Homero a Virgilio por plagio? ¿Y Brooke a Shakespeare? 
Ambos beben de las obras precedentes. En el caso de Virgilio se podría decir que ambiciona darle a Roma una obra a la altura de la de su antecesor heleno y toma elementos claves tanto de la Ilíada como de la Odisea. En el caso de Shakespeare se suele decir que se “inspira” en Brooke cuando en realidad muchos lo consideran como una dramatización de su poema que, a su vez, bebe de otras historias anteriores presentes desde la antigüedad.
Existen muchos más ejemplos. La literatura o la música están llenos de éstos ¿Son entonces algunos de los mayores genios de la Historia unos plagiadores?
Lo que está claro es que el plagio tiene una larga Historia tras de sí, tan longeva como la de las creaciones y pasiones. La originalidad se convierte en una entelequia. ¿Aún se puede ser original?, planteaba en mi blog, hace un tiempo. ¿Por qué rebanarme entonces los sesos si ya todo está escrito? ¿Por qué escribir?
Dejando de lado ambos debates, ya abordados con anterioridad, si nos centramos en el segundo aspecto de la definición de la RAE que subraya la importancia de la apropiación de la autoría, entramos ahora en un nuevo campo.
Por mi parte, creo que es importante, por ejemplo, diferenciar el guiño del plagio. Una novela puede contener un par de versos, referencias a un párrafo dado vuelta de una otra obra anterior que guste mucho o una frase de una canción, sin que eso suponga un plagio sino un homenaje. Es un terreno resbaladizo y tan subjetivo como la moral o la ética. Por suerte las leyes de propiedad intelectual hoy en día nos amparan y ayudan a objetivizar estas cuestiones. Las licencias, como Creative Commons, son bastante específicas con los deseos de los autores con sus creaciones. En la gran mayoría de los casos, si copiamos un contenido sin autorización o sin citar al autor incurrimos en una falta que puede tornarse en delito. Deja de ser una opinión maniqueista que va más allá del bien y del mal, es la ley.
Y si la ley no nos ampara como debiera, siempre nos quedará la vieja técnica que empleó el poeta romano Marcial con Fidentino, hace unos dos mil años: la vergüenza social.
“Corre el rumor, Fidentino, de que recitas en público mis versos, como si fueras tú su autor. Si quieres que pasen por míos, te los mando gratis. Si quieres que los tengan por tuyos, cómpralos, para que dejen de pertenecerme.”  (Epigrama XXX: A Fidentino el Plagiario)”

Imagen extraída de esta web

lunes, 9 de mayo de 2016

Un agujero en la pared

Bajo las nubes grises de este mes de mayo, llega un nuevo micro. Menos de doscientas palabras para hablar en libertad.


Un agujero en la pared



Cerró los ojos y dejó que el aire llenara sus pulmones. Escuchó el cerrojo girar y la puerta cerrarse. Una luz diáfana se filtraba a través de las rejas de las ventanas. Le gustaba imaginar lo que había al otro lado y ahora que lo habían liberado, lo recordaba.
Recordaba cómo aquellos agujeros en las paredes, huecos hacia una libertad negada, eran irónicamente los distintivos de su encierro.
Franqueó los símbolos y volvió a la libertad. Observó lo que había del otro lado de los muros y paredes, y sintió que la luz sin filtros quemaba sus pupilas. Sin embargo, se decía siempre a si mismo que tenía  suerte por volver a ser libre.
―¿Sigues recordando el encierro? ―le preguntaron un día.
Él asintió.
―Nunca podré olvidar. Nunca olvidaré las puertas y las ventanas cerradas.
Le miraron a los ojos. La luz que destilaban sus pupilas había ardido.
―Tú aún estás encerrado y tienes que cavar un agujero en tu pared para volver a ser libre. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Bolboreta: el último día de Pompeya

 Hoy es un lunes soleado, al igual que lo ha sido toda la semana pasada. El sol fue primoroso para recibir a los hislibreños en Santiago de Compostela. Un fin de semana especial, en el que hubo que sobreponerse a las adversidades, y en el que no faltaron las charlas, las risas o los libros. El tiempo volvió a mostrar su relatividad y en un parpadeo, todos nos volvimos a separar. Me queda el placer del reencuentro y de haber conocido a personas muy interesantes. 
La vida sigue y, en un eterno retorno, vuelve a ser lunes, un lunes sin lluvia en el que vuelven los relatos. Vuelve Bolboreta. 
Y para quienes no han leído nada de esta historia ambientada a caballo entre Madrid y A Coruña en 1936, os animo a leerla (no os tomará mucho tiempo). Aquí empieza y esta fue la anterior entrada.



Bolboreta: el último día de Pompeya



 Francisco se incorporó rápidamente y fue hacia la ventana para observar lo que ocurría.

  «La luz volvió a titilar mientras una pequeña humareda ondulante emergía de la bombilla.»

  —Tenga cuidado, Don Francisco —señaló el comandante de la guardia de asalto precavido.
Desde su posición, escondido tras las tablas de madera y los sacos que habían apilado a lo largo de la noche junto a la ventana, Francisco percibió lo que ocurría en el exterior. Los militares avanzaban ordenados por la calle que presidía el edificio del Gobierno Civil. Apenas se oía nada aún, ni siquiera el retumbar del paso marcial de las botas de la soldadesca. Las huestes sublevadas se acercaban con el fusil al hombro, enarbolando sus argumentos y espantando a las gaviotas que volaban graznando su miedo.
  En aquel preciso instante, por enésima vez ese día, el teléfono volvió a sonar. Con calma, el joven gobernador se acercó y lo descolgó.
  —¿Diga? Francisco Pérez Carballo al habla.
 —Soy el coronel Martín Alonso—contestó una voz contundente al otro lado del aparato—. En nombre de España y de la República, le ordeno que se rinda y entregue el Gobierno Civil.
 —Usted no es la República y no reconozco su autoridad —objetó con insolente seguridad el gobernador—. Quiero hablar con su superior, el General Caridad Pita. —En realidad, Francisco tenía exiguas esperanzas de poder conversar con aquel hombre que había trabajado a su vera, tratando de apaciguar a los militares de la ciudad en los días previos.
 —Caridad ha sido arrestado y usted está ocupando ilegalmente el edificio del Gobierno Civil. Entréguese —ordenó el militar escueto pero terminante.
 —Tendrá que venir a buscarme aquí, coronel. He sido nombrado por un gobierno elegido por la soberanía nacional y no voy a abandonar mi puesto —afirmó Francisco con firmeza aunque sintiera sus piernas desfallecer.
 —No reconozco su gobierno de pusilánimes —objetó el coronel impaciente—. Hágase el héroe, son los protagonistas de las tragedias clásicas… pero aténgase a las consecuencias de sus estúpidas decisiones.
  La llamada se cortó repentinamente, al igual que la línea, pues el auricular del teléfono se quedó mudo. Las miradas de los presentes se cruzaron dubitativas. El joven gobernador civil empezó a vacilar. ¿Y si los guardias de asalto le daban la espalda? ¿Y si lo entregaban a los militares? El mutismo había invadido la sala y la paranoia acechaba a Francisco mientras sentía una gota de sudor deslizándose, veloz, por su columna vertebral. Aquella calma tensa sólo se vio interrumpida por el golpear de las balas contra el pétreo edificio.

  «Mis ojos, deslumbrados, empezaron a percibir esas extrañas manchas de oscuridad que invaden la vista de quienes osan enfrentar su mirada a la potestad del astro rey.»

 —¡Rápido, a las ventanas! —vociferó el comandante Quesada a sus hombres, quebrando enérgicamente las dudas. La decena de guardias de asalto imitaron a su superior y, pronto, las detonaciones y los silbidos de las balas invadieron el ambiente.
Fuera, las ametralladoras despiadadas hacían fuego. Las sombras de las gaviotas, que sobrevolaban en círculos concéntricos la escena, pasaban sobre el cuerpo de uno de los soldados, caído fulminado por el disparo del más joven de los guardias de asalto. El comandante Quesada reparó entonces en un pequeño pero peligroso detalle. Como un discóbolo, un militar estaba lanzando una granada contra el edificio.
 —¡A cubierto! —gritó el hombre corriendo hacia la parte trasera de la habitación en donde ya se hallaba Francisco. La explosión fue un estruendo que sacudió el suelo de madera. Por fortuna, parecía que aquel pequeño artilugio de muerte había impactado contra uno de los pisos inferiores. El tiroteo se reanudó en un macabro intercambio letal. Sobre el enlosado de la calle, las balas saltaban como pulgas rabiosas. Los lanzamientos de granadas se sucedieron, pero ninguno alcanzó la altura suficiente ni obtuvo sus mortíferos frutos.

 «Para la bolboreta, aquel punto lumínico suponía una llamada hechizante en medio de la oscuridad. Como la hija del dios Helios, la seductora Circe, atraía a su presa con su belleza serena y, a traición, la atrapaba.»

  La aguja del minutero del reloj, colgado del muro intacto del despacho de Francisco, había recorrido por dos veces su circunferencia. Tras dos horas de denso tiroteo, los disparos, extrañamente, se detuvieron. El silencio en la calle era tal que hasta se oía el batir de las alas de las gaviotas desbocadas. Sus graznidos estridentes ponían en tensión los sentidos de los presentes.
 —¿Por qué se han detenido? —preguntó Francisco al comandante Quesada.
 —No lo sé —contestó el hombre incrédulo. A pesar de su férrea defensa, de la abundancia de munición y provisiones, la posición era débil. Si no recibían refuerzos, tarde o temprano, tendrían que rendirse cual Numancia—. Quizás hayan decidido no desperdiciar más balas con nosotros y esperar a que el tiempo haga su trabajo.
 —Muy seguros deben de estar estos cabrones para actuar así —planteó perplejo uno de los hombres.
 —Es que a lo mejor ya cayó Madrid y el resto de España —sugirió otro de los guardias de asalto aprensivo, girando sus ojos hacia la radio.
—Ya no funciona —negó Francisco al percibir el gesto—. No hay luz. Estamos incomunicados.
El gobernador civil acercó su mano doblada a su boca como si estuviera pensando, aunque aprovechara en realidad aquel movimiento para besar discretamente su alianza. Sacó a continuación su pitillera y ofreció unos cigarrillos a los demás hombres. El tabaco crepitó al quemarse tras la honda calada del político que buscaba sosegar su ansiedad. Juana habría sabido qué decir, qué hacer, siempre sabía cómo actuar en cada momento, pensaba Francisco. Pero estaba solo frente a aquellos hombres, sin poder ofrecerles más que unas tristes hojas de tabaco trituradas, envueltas en papel de arroz. El simple recuerdo de su idealizada mujer, sin embargo, volvió a envalentonarlo.
 —Os agradezco sinceramente lo que estáis haciendo por la República, por la ciudad… Esto no es fácil, pero tenemos que resistir hasta que lleguen refuerzos. La República no pudo ser barrida en unas horas. No podemos rendir esta ciudad a los militares. No podemos rendirnos ante el maldito poder de las armas… No…
   Francisco iba a seguir con su manido discurso de aliento cuando una detonación restalló en el edificio, haciéndolo temblar. Un fino polvillo de yeso cayó desde el techo y todos los guardias de asalto corrieron a sus puestos.
 —¡Joder!—maldijo uno de los hombres—. ¿De dónde cojones ha venido eso? —preguntó advirtiendo cómo en la calle los militares mantenían su posición sin que nada en absoluto hubiera cambiado.
  Una nueva explosión fue la única réplica que recibió. Un enorme cascote se desprendió del techo cayendo sobre él, y la sangre comenzó a brotar de su cráneo aplastado. Se podía apreciar la gran brecha que había dejado en su cabeza, taponada por el bloque de piedra y cemento del que un reguero bermellón ambicionaba brotar. Se había muerto tan rápido que su dedo aún hacía ademán de querer disparar su fusil.
 —Nos deben de estar bombardeando desde el cuartel de Parrote con artillería pesada —constató finalmente el comandante Quesada en vista de los acontecimientos, aunque el hombre que había formulado la pregunta jamás escuchó su respuesta.
  Las detonaciones atronadoras se sucedían con virulencia pirotécnica. Como si del último día de Pompeya se tratara, el espeso humo parecía querer quemar las gargantas de quienes ansiaban respirar. Tosiendo y escupiendo, Francisco se acercó hasta la ventana buscando el aire del exterior. Jadeó, percibiendo el siseo de una bala pasar cerca de su oído. Se agachó justo a tiempo para ver cómo un proyectil estaba entrando directamente en el despacho. Reventó la pared sobre la que el reloj se había mantenido en funcionamiento, marcando el compás de aquel combate desigual. Tres guardias de asalto desaparecieron tras el velo de la muerte, conformado por una espesa polvareda de yeso y cascotes tintados con sangre.

«A pesar de las difusas manchas negras que querían nublar mi vista, distinguí cómo el cuerpo calcinado de esa mariposa noctámbula caía pesadamente sobre el suelo.»

 El rostro de Francisco se descompuso descubriendo aterrado aquella escena macabra. Un estridente pitido había reemplazado el estentóreo ruido circundante. Desorientado, el gobernador sentía su corazón latir en la sien. Aquello era una ratonera, un ataúd en forma de elegante edifico. Sus piernas en ese momento respondieron milagrosamente. Alarmado corrió arrancando el mantel blanco de la mesa, y volvió hacia la ventana para agitarlo con vehemencia. Desde ahí, pudo distinguir fugazmente, el cuerpo de una gaviota pegada al suelo con la fuerza de los cadáveres.

Continuará...