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miércoles, 18 de mayo de 2016

¿Plagio o no plagio, esa es la cuestión?

   Hoy es miércoles, lo sé. No me he vuelto loca, no (o eso creo), pero hoy es un "miercolunes", pues ayer fue el "día das letras galegas" aquí, en Galicia, así que para muchos en mi tierra, hoy empieza o se reanuda la semana.
   Dicho esto, y tras un miércolunes al sol, quería empezar agradeciendo a las más de 50.000 visitas que ha recibido este blog desde que lo empecé. Sólo es una cifra pero, al menos refuerza la sensación de que hay alguien al otro lado de la pantalla de mi ordenador.
   Pero vayamos al meollo, hoy quería hablaros de un tema siempre candente en la realidad virtual: el plagio.


¿Plagio o no plagio, esa es la cuestión?

Caricatura basada en la escena del ser o no ser de Shakespeare

Parafraseando a Shakespeare planteo esta duda y es que en realidad, es un tema complejo que probablemente el famoso dramaturgo de la pérfida Albión se habrá planteado. Las últimas generaciones siempre tienden a mirarse el ombligo y pensar que tienen (tenemos) la exclusividad, tanto para lo bueno como para lo malo. El plagio es un mal endémico de nuestro siglo propagado por internet. Sin embargo, no es así, pues a lo largo de la Historia existieron numerosos y sonados plagios. ¿Qué hubiera dicho Homero si hubiera tomado una de esas puertas del ministerio del tiempo y se hubiese topado con la Enéida de Virgilio? No lo sabemos. ¿Y Athur Brooke, autor de un largo poema llamado “The Tragicall of Romeus and Juliet” de 1562, más de treinta años antes de la obra de Shakespeare?
El nombre de Shakespeare vuelve a surgir. El círculo se ha cerrado.  ¿Pero son realmente plagios? ¿Qué es un plagio?
Según la RAE es “Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias.”Por lo tanto podríamos decir que la definición académica se compone de dos partes diferenciadas que aun así admiten también dudas en la interpretación. ¿Qué es lo sustancial? ¿Citas literales? ¿Una idea? ¿Varias? ¿Unas notas musicales? Sin entrar en polémicas de si Homero existió o no, ¿podría denunciar Homero a Virgilio por plagio? ¿Y Brooke a Shakespeare? 
Ambos beben de las obras precedentes. En el caso de Virgilio se podría decir que ambiciona darle a Roma una obra a la altura de la de su antecesor heleno y toma elementos claves tanto de la Ilíada como de la Odisea. En el caso de Shakespeare se suele decir que se “inspira” en Brooke cuando en realidad muchos lo consideran como una dramatización de su poema que, a su vez, bebe de otras historias anteriores presentes desde la antigüedad.
Existen muchos más ejemplos. La literatura o la música están llenos de éstos ¿Son entonces algunos de los mayores genios de la Historia unos plagiadores?
Lo que está claro es que el plagio tiene una larga Historia tras de sí, tan longeva como la de las creaciones y pasiones. La originalidad se convierte en una entelequia. ¿Aún se puede ser original?, planteaba en mi blog, hace un tiempo. ¿Por qué rebanarme entonces los sesos si ya todo está escrito? ¿Por qué escribir?
Dejando de lado ambos debates, ya abordados con anterioridad, si nos centramos en el segundo aspecto de la definición de la RAE que subraya la importancia de la apropiación de la autoría, entramos ahora en un nuevo campo.
Por mi parte, creo que es importante, por ejemplo, diferenciar el guiño del plagio. Una novela puede contener un par de versos, referencias a un párrafo dado vuelta de una otra obra anterior que guste mucho o una frase de una canción, sin que eso suponga un plagio sino un homenaje. Es un terreno resbaladizo y tan subjetivo como la moral o la ética. Por suerte las leyes de propiedad intelectual hoy en día nos amparan y ayudan a objetivizar estas cuestiones. Las licencias, como Creative Commons, son bastante específicas con los deseos de los autores con sus creaciones. En la gran mayoría de los casos, si copiamos un contenido sin autorización o sin citar al autor incurrimos en una falta que puede tornarse en delito. Deja de ser una opinión maniqueista que va más allá del bien y del mal, es la ley.
Y si la ley no nos ampara como debiera, siempre nos quedará la vieja técnica que empleó el poeta romano Marcial con Fidentino, hace unos dos mil años: la vergüenza social.
“Corre el rumor, Fidentino, de que recitas en público mis versos, como si fueras tú su autor. Si quieres que pasen por míos, te los mando gratis. Si quieres que los tengan por tuyos, cómpralos, para que dejen de pertenecerme.”  (Epigrama XXX: A Fidentino el Plagiario)”

Imagen extraída de esta web

lunes, 10 de febrero de 2014

La batalla perdida: ¿Por qué escribir?


Alguien me decía hace poco que me había equivocado al bautizar a este blog como "los lunes a la lluvia". Lo justo hubiera sido decir  "mi vida a la lluvia". Entre ciclogénesis explosiva y ciclogénesis explosiva ―suena mucho más contundente que el tradicional "temporal"―, entro en este blog para dejar mis reflexiones, escritos, pensamientos y algunas historias de la Historia.

Hoy, como cada lunes, me volví a enfrentar a la terrorífica hoja  vacía de la que conocía, sin embargo, la transitoriedad de su virginal blancura, pues pronto la rellenaría con algún tipo de contenido. Mi pensamiento fue vagando hasta detenerme en una cuestión: ¿Por qué estoy escribiendo? ¿Por qué escribimos? ¿Por qué cada año se siguen publicando cientos de miles de escritos nuevos en el mundo? Sólo en España, en el año 2012, se publicaron 69.788 títulos nuevos.

¿Por qué escribir? ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Aportaremos realmente algo siendo la obra 69. 789? ¿Por qué seguimos adelante, entonces? ¿Por nostalgia?¿Porque tememos a la muerte? ¿Por arrepentimiento? ¿Para calmar la soledad? ¿Por ego? ¿Para viajar y estar en el lugar del espacio/ tiempo/imaginación que quisiéramos? ¿Por vivir lo que no pudimos vivir? ¿Porque tememos a nuestra realidad? ¿Porque, en el fondo, queríamos seguir creando aquellas historias de barbies contra playmobils? 

Lo que me queda claro, es que como en el caso de un arqueólogo profesional, el que escribe, no lo hace por dinero. Basta con dar un par de vueltas por internet para darse cuenta de que estamos más cerca de volver a necesitar del consejero de Augusto ―Cayo Clinio Mecenas― para financiar la actividad literaria, que de convertirse en simples mileurista por obra y gracia exclusiva de la escritura (no hablemos ya de hacerse millonarios al estilo Rowling, Follet o Dan Brown).

Descartada, por lo tanto, la veta lucrativa ¿por qué seguir escribiendo? aunque debiera empezar planteando ¿por qué empezamos a escribir? Valga por delante que existen tantas respuestas como personas y que ésta sólo pretende ser la mía.
Nadie nace sabiendo escribir pero, de repente, nos tiramos al vacío, como un hombre a punto de ahogarse emerge buscando el aire puro. Hay algo de auto-protección, un lugar de reencuentro con uno mismo. Los primeros engranajes que mueven ese complejo mecanismo que es la escritura suelen tener, pienso, un talante catártico. Algunos empiezan a escribir tratando de sobrevivir a esa complicada edad que es la adolescencia, sobreponiéndose a las primeras decepciones y heridas de la vida: los primeros amores, inquietudes, ilusiones, dolores, desenvolturas. Es el tiempo en el que se tiran las palabras sobre el papel, buscando encontrar en la hoja virginal un refugio, un espacio para la racionalidad.

Luego, la palabra salvaje intenta ser domada. Hay que empezar a precisar, buscar la coherencia, un andamiaje. Las palabras buscan convertirse entonces, en gentes, lugares, risas, lágrimas complicidad, miradas y olores. La palabra se hace historia.
Y entonces sigo escribiendo, porque mi mente se comunica mejor con mis manos que con mi lengua, porque me gusta darle un orden a esas palabras, intentar vencerlas. La palabra puede ser vomitada o cantada pero si no es plasmada siempre será transitoria. Al escribir, las palabras se hacen nuestras, sometidas a nuestro deseos y volubilidad. La palabra escrita permanece superando, en una extraña contradicción de forma transitoria, la transitoriedad. En el fondo, es la misma fascinación que existe en revivir el recuerdo de los muertos, limpiando el polvo de la Historia. Ese afán por resucitar el pasado, por mantener a flote el presente, por sobrevivir al futuro, sabiendo sin embargo, que la batalla está de antemano perdida.
Conscientes de su fragilidad y fugacidad, mil años abarcaba el concepto romano de "aeternitas". ¿Estaban locos estos romanos? Una vez más, demostraron su sabiduría y cordura, poniéndole coto a la eternidad.