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lunes, 9 de mayo de 2016

Un agujero en la pared

Bajo las nubes grises de este mes de mayo, llega un nuevo micro. Menos de doscientas palabras para hablar en libertad.


Un agujero en la pared



Cerró los ojos y dejó que el aire llenara sus pulmones. Escuchó el cerrojo girar y la puerta cerrarse. Una luz diáfana se filtraba a través de las rejas de las ventanas. Le gustaba imaginar lo que había al otro lado y ahora que lo habían liberado, lo recordaba.
Recordaba cómo aquellos agujeros en las paredes, huecos hacia una libertad negada, eran irónicamente los distintivos de su encierro.
Franqueó los símbolos y volvió a la libertad. Observó lo que había del otro lado de los muros y paredes, y sintió que la luz sin filtros quemaba sus pupilas. Sin embargo, se decía siempre a si mismo que tenía  suerte por volver a ser libre.
―¿Sigues recordando el encierro? ―le preguntaron un día.
Él asintió.
―Nunca podré olvidar. Nunca olvidaré las puertas y las ventanas cerradas.
Le miraron a los ojos. La luz que destilaban sus pupilas había ardido.
―Tú aún estás encerrado y tienes que cavar un agujero en tu pared para volver a ser libre. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Bolboreta: el último día de Pompeya

 Hoy es un lunes soleado, al igual que lo ha sido toda la semana pasada. El sol fue primoroso para recibir a los hislibreños en Santiago de Compostela. Un fin de semana especial, en el que hubo que sobreponerse a las adversidades, y en el que no faltaron las charlas, las risas o los libros. El tiempo volvió a mostrar su relatividad y en un parpadeo, todos nos volvimos a separar. Me queda el placer del reencuentro y de haber conocido a personas muy interesantes. 
La vida sigue y, en un eterno retorno, vuelve a ser lunes, un lunes sin lluvia en el que vuelven los relatos. Vuelve Bolboreta. 
Y para quienes no han leído nada de esta historia ambientada a caballo entre Madrid y A Coruña en 1936, os animo a leerla (no os tomará mucho tiempo). Aquí empieza y esta fue la anterior entrada.



Bolboreta: el último día de Pompeya



 Francisco se incorporó rápidamente y fue hacia la ventana para observar lo que ocurría.

  «La luz volvió a titilar mientras una pequeña humareda ondulante emergía de la bombilla.»

  —Tenga cuidado, Don Francisco —señaló el comandante de la guardia de asalto precavido.
Desde su posición, escondido tras las tablas de madera y los sacos que habían apilado a lo largo de la noche junto a la ventana, Francisco percibió lo que ocurría en el exterior. Los militares avanzaban ordenados por la calle que presidía el edificio del Gobierno Civil. Apenas se oía nada aún, ni siquiera el retumbar del paso marcial de las botas de la soldadesca. Las huestes sublevadas se acercaban con el fusil al hombro, enarbolando sus argumentos y espantando a las gaviotas que volaban graznando su miedo.
  En aquel preciso instante, por enésima vez ese día, el teléfono volvió a sonar. Con calma, el joven gobernador se acercó y lo descolgó.
  —¿Diga? Francisco Pérez Carballo al habla.
 —Soy el coronel Martín Alonso—contestó una voz contundente al otro lado del aparato—. En nombre de España y de la República, le ordeno que se rinda y entregue el Gobierno Civil.
 —Usted no es la República y no reconozco su autoridad —objetó con insolente seguridad el gobernador—. Quiero hablar con su superior, el General Caridad Pita. —En realidad, Francisco tenía exiguas esperanzas de poder conversar con aquel hombre que había trabajado a su vera, tratando de apaciguar a los militares de la ciudad en los días previos.
 —Caridad ha sido arrestado y usted está ocupando ilegalmente el edificio del Gobierno Civil. Entréguese —ordenó el militar escueto pero terminante.
 —Tendrá que venir a buscarme aquí, coronel. He sido nombrado por un gobierno elegido por la soberanía nacional y no voy a abandonar mi puesto —afirmó Francisco con firmeza aunque sintiera sus piernas desfallecer.
 —No reconozco su gobierno de pusilánimes —objetó el coronel impaciente—. Hágase el héroe, son los protagonistas de las tragedias clásicas… pero aténgase a las consecuencias de sus estúpidas decisiones.
  La llamada se cortó repentinamente, al igual que la línea, pues el auricular del teléfono se quedó mudo. Las miradas de los presentes se cruzaron dubitativas. El joven gobernador civil empezó a vacilar. ¿Y si los guardias de asalto le daban la espalda? ¿Y si lo entregaban a los militares? El mutismo había invadido la sala y la paranoia acechaba a Francisco mientras sentía una gota de sudor deslizándose, veloz, por su columna vertebral. Aquella calma tensa sólo se vio interrumpida por el golpear de las balas contra el pétreo edificio.

  «Mis ojos, deslumbrados, empezaron a percibir esas extrañas manchas de oscuridad que invaden la vista de quienes osan enfrentar su mirada a la potestad del astro rey.»

 —¡Rápido, a las ventanas! —vociferó el comandante Quesada a sus hombres, quebrando enérgicamente las dudas. La decena de guardias de asalto imitaron a su superior y, pronto, las detonaciones y los silbidos de las balas invadieron el ambiente.
Fuera, las ametralladoras despiadadas hacían fuego. Las sombras de las gaviotas, que sobrevolaban en círculos concéntricos la escena, pasaban sobre el cuerpo de uno de los soldados, caído fulminado por el disparo del más joven de los guardias de asalto. El comandante Quesada reparó entonces en un pequeño pero peligroso detalle. Como un discóbolo, un militar estaba lanzando una granada contra el edificio.
 —¡A cubierto! —gritó el hombre corriendo hacia la parte trasera de la habitación en donde ya se hallaba Francisco. La explosión fue un estruendo que sacudió el suelo de madera. Por fortuna, parecía que aquel pequeño artilugio de muerte había impactado contra uno de los pisos inferiores. El tiroteo se reanudó en un macabro intercambio letal. Sobre el enlosado de la calle, las balas saltaban como pulgas rabiosas. Los lanzamientos de granadas se sucedieron, pero ninguno alcanzó la altura suficiente ni obtuvo sus mortíferos frutos.

 «Para la bolboreta, aquel punto lumínico suponía una llamada hechizante en medio de la oscuridad. Como la hija del dios Helios, la seductora Circe, atraía a su presa con su belleza serena y, a traición, la atrapaba.»

  La aguja del minutero del reloj, colgado del muro intacto del despacho de Francisco, había recorrido por dos veces su circunferencia. Tras dos horas de denso tiroteo, los disparos, extrañamente, se detuvieron. El silencio en la calle era tal que hasta se oía el batir de las alas de las gaviotas desbocadas. Sus graznidos estridentes ponían en tensión los sentidos de los presentes.
 —¿Por qué se han detenido? —preguntó Francisco al comandante Quesada.
 —No lo sé —contestó el hombre incrédulo. A pesar de su férrea defensa, de la abundancia de munición y provisiones, la posición era débil. Si no recibían refuerzos, tarde o temprano, tendrían que rendirse cual Numancia—. Quizás hayan decidido no desperdiciar más balas con nosotros y esperar a que el tiempo haga su trabajo.
 —Muy seguros deben de estar estos cabrones para actuar así —planteó perplejo uno de los hombres.
 —Es que a lo mejor ya cayó Madrid y el resto de España —sugirió otro de los guardias de asalto aprensivo, girando sus ojos hacia la radio.
—Ya no funciona —negó Francisco al percibir el gesto—. No hay luz. Estamos incomunicados.
El gobernador civil acercó su mano doblada a su boca como si estuviera pensando, aunque aprovechara en realidad aquel movimiento para besar discretamente su alianza. Sacó a continuación su pitillera y ofreció unos cigarrillos a los demás hombres. El tabaco crepitó al quemarse tras la honda calada del político que buscaba sosegar su ansiedad. Juana habría sabido qué decir, qué hacer, siempre sabía cómo actuar en cada momento, pensaba Francisco. Pero estaba solo frente a aquellos hombres, sin poder ofrecerles más que unas tristes hojas de tabaco trituradas, envueltas en papel de arroz. El simple recuerdo de su idealizada mujer, sin embargo, volvió a envalentonarlo.
 —Os agradezco sinceramente lo que estáis haciendo por la República, por la ciudad… Esto no es fácil, pero tenemos que resistir hasta que lleguen refuerzos. La República no pudo ser barrida en unas horas. No podemos rendir esta ciudad a los militares. No podemos rendirnos ante el maldito poder de las armas… No…
   Francisco iba a seguir con su manido discurso de aliento cuando una detonación restalló en el edificio, haciéndolo temblar. Un fino polvillo de yeso cayó desde el techo y todos los guardias de asalto corrieron a sus puestos.
 —¡Joder!—maldijo uno de los hombres—. ¿De dónde cojones ha venido eso? —preguntó advirtiendo cómo en la calle los militares mantenían su posición sin que nada en absoluto hubiera cambiado.
  Una nueva explosión fue la única réplica que recibió. Un enorme cascote se desprendió del techo cayendo sobre él, y la sangre comenzó a brotar de su cráneo aplastado. Se podía apreciar la gran brecha que había dejado en su cabeza, taponada por el bloque de piedra y cemento del que un reguero bermellón ambicionaba brotar. Se había muerto tan rápido que su dedo aún hacía ademán de querer disparar su fusil.
 —Nos deben de estar bombardeando desde el cuartel de Parrote con artillería pesada —constató finalmente el comandante Quesada en vista de los acontecimientos, aunque el hombre que había formulado la pregunta jamás escuchó su respuesta.
  Las detonaciones atronadoras se sucedían con virulencia pirotécnica. Como si del último día de Pompeya se tratara, el espeso humo parecía querer quemar las gargantas de quienes ansiaban respirar. Tosiendo y escupiendo, Francisco se acercó hasta la ventana buscando el aire del exterior. Jadeó, percibiendo el siseo de una bala pasar cerca de su oído. Se agachó justo a tiempo para ver cómo un proyectil estaba entrando directamente en el despacho. Reventó la pared sobre la que el reloj se había mantenido en funcionamiento, marcando el compás de aquel combate desigual. Tres guardias de asalto desaparecieron tras el velo de la muerte, conformado por una espesa polvareda de yeso y cascotes tintados con sangre.

«A pesar de las difusas manchas negras que querían nublar mi vista, distinguí cómo el cuerpo calcinado de esa mariposa noctámbula caía pesadamente sobre el suelo.»

 El rostro de Francisco se descompuso descubriendo aterrado aquella escena macabra. Un estridente pitido había reemplazado el estentóreo ruido circundante. Desorientado, el gobernador sentía su corazón latir en la sien. Aquello era una ratonera, un ataúd en forma de elegante edifico. Sus piernas en ese momento respondieron milagrosamente. Alarmado corrió arrancando el mantel blanco de la mesa, y volvió hacia la ventana para agitarlo con vehemencia. Desde ahí, pudo distinguir fugazmente, el cuerpo de una gaviota pegada al suelo con la fuerza de los cadáveres.

Continuará...

lunes, 25 de abril de 2016

La blasfemia

Hoy es un lunes soleado y quiero compartir con vosotros una poesía. Espero que os guste.

La blasfemia




Eterna burla de la existencia.
Ególatra visión de la creación.
Fatua juventud que se cree eterna.
Ladra el cancerbero rompiendo mi presunción.

Incertidumbre ante el vacío infinito.
Mis sueños en la transitoriedad.
La hebra se deshilacha, temiendo
que de repente se quiebre su integridad.

Aquí la penumbra
Aquí el horror,
Aquí el perderme,
Aquí mi terror,

Mi sangre y el alma,
el hambre y mi calma
Mi cuerpo perdido,
y yo en el olvido 

Quiero escribir, tocar, cantar y gritar.
Quiero gemir, perderme, encontrarme, llorar.
Quiero seguir amándote, desvelarte, sentir.
Tomar el día, pensar, aprender; quiero vivir.

El insondable destino y su eterna burla.
Pandora ha abierto su arca de desventura.
No codicio ser un recuerdo perdido.
Una estatua fijada en un tiempo que ha ido.

Del santo he renegado,
tres veces ha dudado.
Guardián del paraíso,
fundador de tu reino pétreo,

Soy Tántalo hambriento y Sísifo empujando,
y la piedra que cae me sigue arrastrando.
Soy Prometeo devorado y Atlas aplastado.
Sigo clamando, gritando y aullando,

a una triada cruenta,
a un Dios sin compasión,
a una divinidad etérea,
a una quimérica predestinación:

al vacío; blasfemia inerte.


Imagen: Fotomontaje de Grete Stern.

lunes, 18 de abril de 2016

Bolboreta: Como polillas hacia la luz

Hoy es un lunes nuboso y, por fin, vuelven los relatos. Bolboreta, este relato del que os hablaba  —aunque esté mal decirlo —, como uno de mis escritos propios favoritos se acerca a su final. Supongo que la mayoría no recordará ya la historia.
Si os apetece adentraros en ella, tampoco os tomará demasiado tiempo. Aquí empieza y esta fue la anterior entrada
Bolboreta: Como polillas hacia la luz

«No hubo tiempo para muchos preparativos y tampoco para grandes despedidas. Quería ayudarte a enfrentarte a todo aquello… Aunque seas tan joven, tu determinación no tiene grietas. La estridente campana del teléfono no dejaba de sonar, mientras el golpear de los pasos se sucedía en un frenético ir y venir. Las sirenas del puerto roncaban de cuando en cuando, acompasadas por el insidioso graznar de las gaviotas. Voces, exclamaciones, iras, gritos, las palabras se cruzaban estentóreas. La comunicación con Madrid se había perdido. Te oía hablar de una huelga general para frenar la salida de los militares, dando órdenes para el atrincheramiento en el edificio del Gobierno Civil. Trataba de calmarte, aconsejarte, ayudarte en esos difíciles e inciertos momentos, pero el sosiego nunca fue una de mis virtudes.
  Unas horas después, con nocturnidad y alevosía, Gonzalo vino a recogerme. Nunca olvidaré la peculiar oscuridad de aquellos intrincados caminos mientras nos dirigíamos hacia Muxía. La negrura sembraba recelos a cada nueva curva. A cada esquina le sucedía una nueva duda, un nuevo temor engrandecido ante un escuálido arbotante de luna que, en esa noche de julio, no alcanzaba a iluminar la bóveda celestial.
  Llegamos finalmente a Muxía, y Gonzalo me ofreció una habitación. No pude dormir. Las horas se fueron sucediendo en medio de un clamoroso silencio. Decía mi profesor de piano, hace ya muchos años, que había de aprender a escucharlo. En el lenguaje musical, las sonoras notas figuradas poseen sus recíprocas némesis mudas que marcan la pausa. Aquellos silencios de redondas, corcheas, semifusas representados grácilmente en el pentagrama exhortaban, según aquel hombre, a destruir las convenciones de los sentidos, para mostrar que silencio y sonido siempre están en continuidad. Pero yo ya no hallaba esa continuidad. El silencio se había instalado, doloroso y enloquecedor. No sabía nada de lo que estaba ocurriendo tras las paredes de la casa de Gonzalo, no sabía nada de ti.
  Varios días se sucedieron en medio de un sofocante mutismo cuando reparé en un breve chispazo. La luz de la habitación en la que estaba instalada osciló, y mis ojos se posaron indefectiblemente en aquella “mariposa noctámbula”, en aquella bolboreta que, inconsciente, se había arrojado hacia la luz.»

  No se oía nada. Desde que las sirenas de los barcos se habían callado, minutos antes, un tenso silencio pesaba sobre A Coruña. Francisco aún miraba fijamente hacia la radio que acababa de apagar. Era una suerte que Juana se hubiera marchado hasta la alejada casa de su amigo de partido, Gonzalo López Abende, pues las noticias no eran alentadoras y el futuro, en aquel 20 de julio, parecía dibujarse cada vez con menos claridad.
  El mantel blanco de la mesa en la que Francisco estaba sentado lucía impoluto. No había sido capaz de probar bocado. Se sentía impotente ante lo que estaba ocurriendo. Inútil, pues sus horas de dedicación, por primera vez en su vida, no daban sus frutos. Lo había intentado todo, según su perspectiva. A las once de la mañana, en un claro gesto desesperado ante la inminente sedición, retransmitió un mensaje en Radio Coruña para defender la democracia; sin embargo nada parecía funcionar ni frenar aquel desastre. No olvidaba las palabras del bando proclamado por los militares sublevados en la cercana plaza de María Pita y retransmitidas en la misma radio en la que, horas antes, había defendido el orden vigente.
  Era extraño percibir la entereza con la que lo observaba un guardia de asalto que, sentado circunspecto sobre una silla cercana a él, no llegaba ni a la veintena de años.
  —No quiero importunarle pero no puedo quitarme de la cabeza las palabras que dijo ese militar en la radio —afirmó el joven espigado rompiendo el silencio—. Si me permite preguntarle, ¿ya no es el gobernador? —planteó el guardia de asalto con ingenuidad.
  —Para ellos, no —contestó paciente Francisco a pesar del bullicio interno de su mente—. Suspendieron las garantías constitucionales, depusieron de sus cargos a todas las autoridades legales. Así que para ellos ya no soy gobernador civil, pero para el gobierno de la República —si es que éste se mantenía en pie y Francisco, a pesar de la falta de noticias, confiaba en que así siguiera siendo—, sí lo soy, y eso es lo que importa realmente —concluyó con convicción.
   Aquel bando militar, pensaba el gobernador civil de A Coruña, era un auténtico disparate. Francisco recordaba la voz nasal del oficial anunciando, con frialdad, su contundente mensaje, en el que amenazaba con el fusilamiento de los huelguistas o instauraba la censura de prensa. La última frase transmitida con claridad a través de las ondas hertzianas, volvía, una y otra vez, a su memoria. El mensaje concluía con una tajante advertencia: «Quien no lo secunde, será mi enemigo y será tratado como tal. ¡Viva España! ¡Viva la República!». Aquellas palabras sonaban, para el marido de Juana Capdevielle, a broma de mal gusto.
  —Ya, si es que… —empezó a decir el joven que fue interrumpido por una decena de hombres vestidos como él, con uniforme azul. Se puso automáticamente en pie para escuchar las palabras de su superior, quien ya se había adelantado y se veía realmente agitado.
  —¡Los militares! —anunció el comandante Quesada apresuradamente—. Están rodeándonos.

Continúa aquí

lunes, 11 de abril de 2016

Volver a empezar


El 12 de enero de 2015, escribí mi última entrada en este blog. Decía que no era un adiós a los lunes a la lluvia, sólo un hasta luego. Comentaba que pensaba volver en cuanto terminara con algunos retos; volver a empezar, aunque no ganara ningún nobel como en aquella película de Garcí.

Pues bien, ha transcurrido 1 años, 2 meses, y 26 días, y aquí estoy de nuevo, como no, en un lunes lluvioso. En todo este tiempo han pasado muchas cosas: accidentes, atentados, terremotos e, incluso, llevamos meses sin un verdadero gobierno. El mundo ha girado 453 veces sobre sí mismo. Mi marido ha cabalgado muchas más olas, mi hijo está a punto de abandonar la guardería, por suerte sigo contando con la misma familia y amigos, mi querido Celta toca con la yema de los dedos el sueño europeo, y yo he cumplido en gran medida con lo que me planteaba cuando dejé congelado, en el espacio y el tiempo virtual, este blog.

¿Qué he estado haciendo en todo este tiempo, os preguntareis (o realmente no)?

Excavé tumbas, he leído libros, visto series, películas. He viajado a varios países, llegando a conocer lugares que jamás, en la vida, pensé pisar. He tenido el privilegio de vivir lo que Tolstoi llamaba “noches blancas” pero también hubo “días rojos “de Truman Capote. Os ahorraré todo un montón de detalles que a nadie interesan (¿O realmente sí?, todos somos un poco cotilla), pero en lo que verdaderamente nos atañe aquí, en este blog, es decir la faceta literaria, he escrito un libro.

Tardé en gestarlo más que a mi hijo y el parto sigue, menos doloroso (de momento) y mucho más largo. No sé si habrá epidural o cesárea al final, pero en ello estamos. Son provisionalmente 125150 palabras, 287 páginas de Word, horas y horas de dedicación, personajes con los que acabé empatizando, días de escritura pero también de lectura y mucha documentación, para poner un punto final a una novela que, aunque aún no ha nacido, ya es parte de mí, de mi vida.

Tiene ya editorial, evohé, aunque no fecha de salida. Todavía le quedan horas de dedicación, relecturas y correcciones para que vea la luz… Ni siquiera estoy convencida aún con su título. ¿El género?

Es una novela histórica. Una de romanos, esa cultura que tanto me fascina. Ya os iré contando más. Por lo pronto, vuelven los micros, las reflexiones, las gotas de Historia, los poemas, las historias inacabadas que se cubrieron de polvo en un rincón de mi ordenador. Vuelven los lunes a la lluvia.