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lunes, 11 de agosto de 2014

La huída del hambre

Hoy es lunes y vuelve a lucir el sol. Esta semana os presento un microrrelato de un poco menos de 200 palabras. Espero que os guste. 


La huída del hambre


Habían dado las cinco. Al fin podía salir de su casa y lanzarse a la aventura, en busca de su meta. El camino era largo, lo sabía, el objetivo lejano, pero quería llegar al final como fuera. No quería perderse y buscaba la flecha azul como el río al mar, con cierta desesperación, a veces suicida.
No se detuvo a pensar en las consecuencias de sus actos. El fin justificaba los medios y aquel allanamiento de morada era necesario para alcanzar su destino. Hubiera deseado hacerse invisible pero era imposible pasar desapercibida. .
Se inició entonces una persecución vertiginosa, hostigada por el hambre, como un fantasma que no se quería despegar de ella. Ella también estaba famélica, y su realidad se había convertido en una parodia del suplicio de Tántalo. No podía darse la vuelta. Ya era tarde para eso. ¿Quizás pudiera esconderse? Miró a sus espaldas, cada vez estaban más cerca. El hambre era acuciante. Corrió. Dieron las seis. Temía el número de la bestia, pero la suerte lo eludió y ella vio, por fortuna, su apetito saciado. Contó veinte. La ficha azul llegó al fin a casa.



Imagen de un 
graffiti de banksy

lunes, 17 de febrero de 2014

El pastor de Tartra

Edito un poco esta entrada para participar en la 5º edición de "arma una historia basada en una imagen". En mi caso fue un poco al revés. Vi la imagen y me recordó mi historia... Creo que el orden de los factores no altera el producto. 


Me duele la barriga. Avanzo oliendo el suelo. A veces, paro mi marcha para marcar la tierra. Unas cuantas gotas bastan para asegurarme de que no volveré sobre mis pasos. Previenen a otros de que esto es mío.
Sigo el rastro. Avanzo durante mucho tiempo. Frente a mí, aparece una gran corriente con agua. ¿Y si pierdo la pista que tanto tiempo llevo siguiendo?
*****

Con sumo cuidado el anciano posa unas hojas de periódico sobre el banco en el que se sienta todos los días. Cala su gorra sobre la cabeza, observa el horizonte, y desde ese lugar en el parque que recorre cada tarde, ve la vida pasar. Sus ojos brillan al echar la vista atrás. No se sabe si éstos se posan sobre los obreros que, afanosos, trabajan o sobre sus recuerdos. Yo me siento a su lado, como cada tarde.
*****

Cada día la gran bola de fuego está más fría. Estoy mojado pero al oler el aire me llega el rastro. Estoy contento aunque me duela la barriga. De repente, me encuentro con algo que me impide pasar. Es extraño porque veo y huelo lo que hay del otro lado pero no puedo avanzar. Excavo para pasar porque el olor a comida viene de aquí. Voy corriendo y al fin la encuentro. Muerdo. Hay más hueso que carne. La sangre está algo seca pero tengo mucha hambre. De repente, aparece un dos patas que lleva más comida. Me grita y me da una patada. Duele. Otro dos patas llega y lo asusta. Yo quiero huir pero me lleva con él.
*****

Hoy está despistado mirando a través de mí, como si fuera transparente.
—¿Qué te pasa?
Se rasca el antebrazo derecho, como suele hacer cuando está nervioso, mientras su vista sigue clavada por encima de mi hombro. Me doy la vuelta, curioso.
*****

Aquí por fin hace calor. Tenía razón al seguir el rastro. Todos los días me dan comida. Algunos dos patas, los que huelen bien, juegan conmigo, los otros no. Ahora soy feliz.
*****

—Es un perro polaco, un pastor de Tartra. Hacía años que no veía uno —me explica con la vista clavada en el animal que mueve alegremente su cola—. Para mí, ver a este perro es como ser invadido por esas hojas que crecen en las fachadas de los edificios, desfigurándolos. Te agarran los pies, te enredan, van trepando y se te meten en el alma, hasta las entrañas, para arrancártelas. El pasado, a veces, te atrapa y no te deja ir. Quedas en la noche, buscando una luz en la oscuridad que te haga olvidar, a solas con tus fantasmas. El mío ―dijo fijando la vista en el can―, es este perro.
Tragó saliva. Lo miré anonadado, sin realmente entenderlo. Nunca lo había visto así y parece que no lo conocía tanto como creía.
—Pero ¿qué pasó? —pregunté queriendo desentrañar aquella metáfora. 
Se quedó callado durante largos segundos antes de vomitar sus palabras.
—Cuando estaba en Auschwitz, a veces, tenía que arrastrar cadáveres hasta las fosas comunes. Recuerdo aquel perro. A raíz de todo aquello se convirtió en la mascota de los boches. Lo adoptaron cuando lo vieron comer el cuerpo de un amigo… Se llamaba Joseph. Le di una patada y casi me matan por hacerlo ―Es la primera vez que veo cómo sus ojos se humedecen, enredados en el pasado―. Un día se coló detrás de mi barracón. Cogí una piedra en el suelo y le reventé la cabeza… Sólo era un animal y yo también lo fui. 

lunes, 21 de octubre de 2013

No hay reloj sin relojero

Aquí va un pequeño relato (no llega exactamente a microrrelato) corto. Era en realidad el prólogo de algo más grande...


Decía Voltaire, en un extraño silogismo, que “Hay Dios, porque no hay reloj sin relojero”. Sin embargo es, y casi podría decirse que era, un oficio que se llevaba en la sangre y con el que había que practicar una infinidad de veces para dominar los mecanismos. Engrasaban los engranajes, los revisaban con atención y daban cuerda al reloj a diario para que este funcionara. Los relojeros son hoy en día rara avis, hombres meticulosos, pacientes, dueños del tiempo, en un mundo que corre veloz mirando la hora en un teléfono móvil. 

Yo uso el viejo reloj de bolsillo de mi bisabuelo. Uno de mis primeros recuerdos de infancia es ver el ceremonial, casi ritual, que tenía aquel anciano cuando daba cuerda al reloj. Se sentaba junto a la vieja cocina de hierro, incluso en verano. Se calaba la gorra sobre su calva semejante a la tonsura de un monje, fijaba la vista sobre el reloj hasta que, enaltecido por el tañer de los cuartos de las campanas de la iglesia del pueblo, posaba sus enormes dedos sobre la pequeña tuerca. El ceño fruncido y la punta de la lengua que asomaba por entre sus finos labios, daban fe de su estado de concentración que me convertían en una observadora invisible. Con precisión, aquellos gruesos dedos, encallecidos por el trabajo en el campo, giraban la pequeña rosca. Cuando el carillón de la iglesia había  dejado de vibrar por octava vez, sabía que mi bisabuelo guardaría su preciado reloj de faltriquera  en el bolsillo. 

Había algo de magia en aquel momento. Mi bisabuelo se veía rodeado por un halo de alquimista y, muchas veces, le preguntaba la hora sólo para poder observar aquel mágico objeto. El día en el que vi aquel reloj abandonado sobre su mesilla de noche con sus agujas estancadas en las ocho, supe, a pesar de mi entonces corta edad, que había muerto.