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lunes, 8 de septiembre de 2014

Defixio: el espejo y el cadáver

Hoy es un lunes soleado y seguimos con la historia del misterioso cadáver que sostenía una tablilla de plomo. 

Si te perdiste la primera, la puedes leer aquí.



Vicus Eleni, Marzo del 49 d.C
La llama de la lámpara de aceite, frágil en un inicio, se estiró trazando un mapa en la oscuridad. El estilete se hundía con destreza sobre la tablilla de cera, anotando algunos de los muchos datos que debía recoger el funcionario que lo empuñaba para la buena marcha de la industria local de recogida de sal. Lucio llevaba un tiempo ya destinado en aquella tierra en el confín del mundo, más allá del río del Olvido, rodeado de lodo, lluvia y barbarie. No sabía que había hecho para merecer semejante castigo… Bueno sí, el emperador no gustaba de algunas de sus prácticas y lo había enviado a aquel rincón inhóspito en el que llevaba semanas sin ver la luz del sol. 



   Una ráfaga de viento se abatió contra la madera que recubría la ventana de la pequeña domus, situada en el centro del pueblo nuevo a orillas del mar. Lucio se giró escuchando como silbaba, escupiendo su ira. La llama tremoló, víctima del insidioso siseo cargado de lluvia que amenazaba su cordura. Raudo, el liberto imperial se levantó para asegurar la madera y volver luego a su labor… O no. Cuando el hombre enfilaba ya hacia su mesa de trabajo, vio, por el rabillo del ojo, su reflejo en un pequeño espejo de cobre que estaba apoyado sobre un estante repleto de documentos prolijamente enrollados. Sus pasos se detuvieron, paralizado ante la imagen. 

   Pasados los treinta y cinco años de vida las líneas de expresión, en aquellos años, a pesar de todo lo que había intentado hasta la fecha, surcaban de forma cada vez más profunda su rostro, como un arado que penetra en la tierra yerma para hacerla fértil. El hombre, espejo en mano, temblaba. 

*****

Vigo, en la actualidad


El amasijo de olores a fluidos corporales varios que envolvía el Jaco's bass tenía una ventaja, a pesar de todo, conseguía camuflar el hedor de la muerte. La inspectora Aldekoaotalora observaba congelada la escena. Necesitaba fumar. Tomó su zippo entre los dedos y empezó a jugar con él, abriendo y cerrando su tapa para no asfixiarse en la agotadora ansiedad. Iba a acercarse al cadáver cuando un impulso eléctrico interrumpió su gesto al escuchar una voz.

    ―¡Alde!

    Iria se dio la vuelta y vio como Alfonso, el médico forense, la interpelaba con aquel nombre de guerra con el que la bautizaron en la policía y que había aprendido a aceptar, a pesar de que no fuera de su agrado. . 

   ―¿Qué tal tras la otra noche? ―preguntó el hombre primero con una leve sonrisa para luego continuar más serio mirando al cadáver― Lo conoces ¿verdad?

    ―Sí, era mi profesor en la facultad. Daba Arqueología. Un capullo. 

    ―¿Te suspendió o qué?

  ―No, qué va, aunque nunca me gustó demasiado la Arqueología. Era el típico tipo desagradable, un borde por naturaleza, una mezcla del Scrooge de Dikens y del Kowalski de Eastwood, sazonado con toques de tío Gilito… Todo un personaje. ―afirmó mientras, con dedos expertos que habían repetido aquel gesto de forma inconsciente hasta la saciedad, seguía abriendo y cerrando de forma mecánica la tapa del zippo.

   ―Ya veo, pues si resulta ser un asesinato, vas a tener trabajo con…

   ―¿Si resulta ser un asesinato? ―interrumpió la mujer sorprendida― ¿Aun no lo sabes?

   ―Bueno…

   El forense avanzó y ambos se acercaron al cuerpo que seguía agarrando con fuerza una tablilla de plomo. Iria se fijó entonces en el rostro de su antiguo profesor del que destacaban los pequeños orificios de sus ojos hundidos, como dos puntos dentro de un trozo de carne interrumpido por unos voluminosos pómulos ahora lívidos. 

   ―¿Qué pasa?―inquirió la inspectora ―A mi me dijeron que era un homicidio…―chasqueó la lengua ―Novatos fantasiosos.

  ―Lo cierto es que pudimos determinar, en un examen preliminar, que murió por sobredosis de tranquilizantes mezclados con alcohol, así que podría ser un suicidio o incluso un accidente, pero… Si te fijas en sus antebrazos tiene rasguños, los nudillos están contusionados y en un examen ocular rápido se ven algunos moratones ―explicó levantando la camiseta del antiguo profesor dejando a la vista su prominente bandullo peludo que confirmaba las palabras del forense.

   ―Joder, cómo se puso este hombre. Cuando me daba clases estaba como un palo. ―la inspectora sacudió la cabeza para centrar sus pensamientos― ¿Pero coinciden la hora de la muerte con la de las marcas?

    El hombre asintió

   ―¿Y la placa de plomo?

  ―Estamos esperando al juez para levantar el cadáver y poder guardarla para examinarla pero…

   Y en aquel momento, no fue el juez el que interrumpió la conversación, sino un rostro del pasado. Iria parpadeó reparando en el hombre que acababa de entrar en el lugar, viéndolo como en una cámara lenta salida de una escena de Los vigilantes de la playa...

   ―Andrés… 

   El sonido salido de su garganta se quedó trabado en aquel punto. Los dedos de la inspectora se enredaron y el zippo se estrelló contra el suelo, a centímetros del cadáver.


Continúa aquí


PD: No conseguí averiguar la autoría de la fotografía por mucho que buscara, así que si alguien lo sabe, agradezco el aporte.