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lunes, 27 de octubre de 2014

Defixio: la resaca

Hoy es un lunes soleado y os  presento un nuevo capítulo de las aventuras de la inspectora Iria Aldekoaotalora y del asesinato de un arqueólogo que sostenía una antigua maldición romana entre sus manos.
Comparto este capítulo antes de una pausa en el blog. No es del todo real, pues iré publicando una historia a la que tengo particular aprecio, a lo largo del próximo mes, pero pretendo centrarme en la escritura de una novela, y para hacerlo, estaré menos activa por la blogosfera, hasta que llegue diciembre.
Os dejo, por lo tanto, con otra entrega de Defixio.
Y para los despistados, y los que quieran engancharse, la historia empieza aquí y lo habíamos dejado en este punto.

Defixio: la resaca


La cabeza de la inspectora Iria Aldekoaotalora Figueiroa estaba a punto de estallar, como un vaso de cristal ante el canto de la Castafiore. Su rostro se mantenía pegado a la almohada con la fuerza del sueño, mientras vislumbraba mediante la grieta de sus párpados aún cerrados, como la luz se filtraba a través de las rendijas de las persianas, para impactar contra su retina que, en aquella mañana, sufrían de fotofobia aguda.
Su mente era una miscelánea similar a un revuelto de huevo con nocilla y chorizo, en aquel momento no conseguía situarse.
Sí, aquello era su cama, y sentía como su saliva impregnaba ahora parte de su pálida mejilla salpicada de pecas, tras haber huido de la comisura de sus labios resecos durante su pesado sueño. La inspectora intentó abrir los ojos, pero aquellos párpados pesaban más de lo acostumbrado.  En su cabeza tenía lugar un concierto de gaitas gallegas sin que pudiera darle ninguna armonía.
¿Cómo había acabado así? Un cúmulo de imágenes, olores y sonidos se sucedían en su cabeza sin orden alguno. Como en un anagrama iban tomando un sentido u otro según su mente las situara. Las mismas letras conformaban "monja" y "jamón" pero entre ambas palabras mediaba un abismo, así que debía esforzarse para detener el festival de gaitas desafinadas de su mente, buscando una coherencia que se le antojaba quimérica.
Recordaba ir al Jaco's Bass, aquel antro en el que estaba el cadáver de un profesor de Arqueología, Pablo Bahamonde. También vino un detalle morboso a su mente: aquella placa de plomo que  el cadáver sostenía en su mano y resultaba ser una maldición romana. El que la había descifrado era Andrés, Andrés Dovalle que, como un fantasma del pasado, había reaparecido en su vida con los hoyuelos de su sonrisa y sus rizos dorados, para recordarle lo que había sido y no era, lo que hubiera deseado y lo que era.   En su mente se dibujó el brillo en su mirada azulada cuando, espejo en mano y dándole vueltas por estar aquella inscripción grabada en círculos concéntricos, descifró el mensaje de aquella pequeña placa de plomo que contenía las siguientes palabras:

"Contra Pablo Bahamonde Lago que parió Ramona, a él, ante el numen de los dioses infernales y el de Bytybajk, yo lo consagro y lo dedico como víctima. Que todo lo que haga le salga mal, que con vuestra ayuda no duerma, que se abrase enloquecido, que pague el mal con su propia sangre. Dioses infernales, Bytybajkz os encomiendo sus miembros, sus cabellos, sus ojos, su boca, su cuello, su corazón, sus pulmones, sus intestinos, su pene, sus piernas, sus dedos, su sombra. Dioses infernales, Bytybajkz, matadlo, exterminadlo, aniquiladlo en el curso de este año"

Definitivamente, aquel caso iba a darle trabajo. Aquella inscripción parecía obra de un pirado que tenía algún tipo de rencor hacia aquel arqueólogo. Ese hombre, tal como había dicho Andrés, parecía haberse granjeado enemigos a espuertas y probablemente acumulara las malas acciones, por las que habrían realizado aquella dedicatoria a los dioses infernales y al nombre de una entidad que no lograba recordar en aquel momento, y que resultaba tan impronunciable como su propio apellido.
Lo extraño de todo aquel caso era que, en el fondo, ni siquiera estaban seguros de que hubiera caso. Existía un cadáver, en efecto, pero bien podía ser un suicido obligado, por lo tanto un homicidio, o una pelea seguida de un suicidio. Todo estaba en el aire, y nada era seguro.
Iria se frotó los párpados. Sentía la garganta y la boca más seca que el desierto de Atacama. Extendió el brazo y encontró una botella de agua. Bebió su contenido, como si hubiera atravesado aquel páramo seco de Chile.
Recordaba haber emplazado a Andrés para aquella misma noche, con la excusa de la investigación… De los viejos tiempos. Entre medias, fue a la comisaría, redactó el tedioso informe de turno e, incluso, a la hora de comer, había ido a casa de sus padres. Sus padres…
Su madre era de un pueblo de Ourense, como más de medio Vigo  ―el otro medio simplemente se dedicaba a negar su origen auriense―. El caso de su padre era diferente. Él era de Euskadi y emprendió el viaje inverso a muchos gallegos emigrados en su tierra.  Se enamoró perdidamente de aquella joven ourensana, de pelo rojo y sonrisa ladina, que estudiaba en un colegio de monjas regentado por una tía suya, en las denominadas, por entonces, Vascongadas. Él la había seguido a su tierra de origen y, como tantos otros, encontró trabajo en la ahora ciudad más grande de Galicia, Vigo, una urbe de nuevo cuño que se jactaba de haber sido la primera de la península en liberarse del yugo francés de Napoleón, y que, irónicamente, sustentaba  buena parte de su economía en una fábrica de coches del renovado invasor.
Y ahí se detenía el origen del misterio del impronunciable apellido vasco por el que, de niña, cuando más rudo era el conflicto, habían llegado a tachar a Iria Aldekoaotalora, de terrorista.  La ahora inspectora siempre diría, al recordar aquello, que por eso odiaba a los niños y no quería engendrarlos.
El rebumbio de los pensamientos de Iria, volvió al presente. Se mesó la sien y consiguió que sus párpados se desprendieran de las pegajosas legañas, para separarse los unos de los otros. 
Tras salir de la comisaría habían ido con varios compañeros de trabajo, a tomarse unas cervezas para celebrar el cumpleaños de uno de ellos. Cuando quedó con Andrés, algunos colegas surgieron de la nada para incorporarlo al grupo, muy a pesar de su deseo. Y luego…. Luego no era capaz de hallar el orden del anagrama, todo era confuso y borroso.
Recordaba el sonido de su zippo encendiendo varios cigarrillos en la calle, la espuma de la cerveza en su nariz, la queja musical de un fan de John Boy, el dulzor del licor café contra sus labios mojados, el toque orgulloso de la guitarra de The Edge, el amargor del Gin Tonic, sus brazos balanceándose redescubriendo el otro lado de los Red Hot, la sal del tequila, la voz desbocada de un Hallelujah versionado por Jeff Buckley, un suspiro… Y de repente, un ronquido que la sacó de su profunda disgregación.
 Iria, incorporada, parpadeó y se echó la mano a la cabeza. No podía ser… "Otra vez, no" Aquellas palabras se repitieron  en su mente, como un martillo neumático rompiendo varias gaitas desafinadas. A su lado volvía estar el mismo hombre, pero ahí no estaba su arqueólogo del pasado, Andrés Dovalle, no, a su lado y roncando, estaba otro hombre.

*****

Vicus Eleni, Marzo del 49 d.C

Lucio esperaba, paciente, abrigado por la oscuridad. La lluvia penetraba por los meandros de su piel y corrompía sus huesos. Y entonces la vio a ella, aquella belleza esbelta, joven y lozana, con una piel tersa que deseaba acariciar, y un rubor en las mejillas que expresaba la vida. Sin pensarlo, se arrebujó bajo la capucha de su manto. Su corazón aun latía, lo sentía golpeando contra su pecho, clamando por su savia.
El agua de la clepsydra parecía haberse estancado en medio de su descenso. La lluvia, abundante, semejaba suspendida en el aire y el olor a pescado putrefacto de la cercana salazón se hacía irresistible. El tiempo se había acabado, la espera ya no tenía sentido.
Con los pies calados y embarrados Philtates observaba las tinieblas de la noche, sin alcanzar a desentrañar su misterio. Se dio la vuelta sobre si misma, como una cuádriga huyendo de su perseguidor al filo de la curva de la espina del circo, pero todo pasó demasiado rápido. Una sombra, un movimiento veloz, un cosquilleo en su cuello y un corte certero que separaba su yugular y hacía la sangre brotar, incontenible, desbocada, como un caballo escapado del resto del tiro por accidente.
Philtates quiso, en un automatismo, echarse la mano sobre la profunda herida, como si con aquello pudiera evitar que la vida se escapara. Pero ésta se escurría de entre sus dedos ensangrentados. Buscó los ojos de su verdugo, y en medio de la lluvia y de la sal de sus ojos, le pareció verlos grises y fríos. Balbuceaba, odiaba a aquellos ojos y una pregunta se repetía de forma constante en su mente
―¿Por qué? ―consiguió finalmente balbucear, mientras sentía el sabor de la sangre llenando su boca.
Iba a morir y lo peor era ser plenamente consciente de ello. Su vista, de forma  irremediable, se nublaba, mientras sus rodillas se doblaban. Entre sus dedos, por mucho que luchara, la vida huía, lentamente. Escuchaba el latir de su corazón en su cabeza. Al principio, su pulso se había acelerado pero, ahora, se iba volviendo más y más lánguido.
La muerte, poco a poco, atrajo su cuerpo hacia la tierra enfangada. Lucio acarició su piel suave, mezclando con sus dedos la sangre y el barro sobre su rostro, en una tenue caricia. Acercó su oído al pecho de la mujer, escuchando como su respiración se iba apagando, como la vida se fugaba de aquellas mejillas llenas de juventud.
El hombre, en una extraña combinación de calma externa y consternación interna, esperaba el último hálito.
Cuando el último resuello se escapó de entre los labios de la joven esclava, Lucio estaba besándola con fruición, disfrutando de cada matiz de aquel instante único y bebiendo ,con desesperación, el aire que se escapaba por última vez de sus pulmones. 

Continuará...

lunes, 13 de octubre de 2014

Defixio: secretos en el barro

Hoy es un lunes lluvioso como tantos lunes de otoño. Hoy es 13 de octubre, un día que huele a velas quemadas y tartas de fresas, un día de deseos al soplar y sonrisas risueñas. Hoy es una fecha marcada a fuego en mi mente desde mi más tierna infancia porque es el cumpleaños de mi hermana y le dedico este pequeño capítulo de la serie Defixio que, intuyo (soy toda perspicacia), le gustó hasta la fecha. Espero que siga siendo así.

Y para los despistados y los que quieran engancharse. La historia empieza aquí y lo habíamos dejado en este punto.

Defixio:  secretos en el barro


Iria observó a Andrés con detenimiento escuchando lo que acababa de decir, inmiscuyéndose en sus ojos que le devolvían un reflejo suyo, perdido en el tiempo, en un pasado remoto y malgastado. Sacudió la cabeza.
―¿Un espejo? ¿Para qué quieres un espejo?
El seguía absorto en aquella tablilla, en las maldiciones y perdiciones, en un pasado milenario que le apasionaba y que daban a aquellos ojos, como espejos del alma, un brillo peculiar.
―Esto es como una novela de Dan Brown, salvo que aquí no me invento esto para ser más fantasioso y misterioso. A ver, ¿podemos coger ya esa tablilla de manos del…
Andrés volvió a fijarse en el cadáver de su antiguo profesor de Arqueologia y sintió como a pesar de la emoción del momento, a pesar de lo mal que le había llegado a caer, el estómago le daba un vuelco y su contenido amenazaba con desparramarse como el lodo tras una inundación.
―¿Estás bien?― interrumpió Iria, al reparar en cómo aquellos ojos habían perdido de súbito parte de su viveza.
―Sí, sí… Es sólo… ―el arqueólogo tomó aire y resopló― Por un momento había olvidado que era un cadáver que además, por muy capullo que fuera, conocía.
―Sí un capullo. No me gustaba nada cómo miraba y su bordería intrínseca en clases. Era un estirado altivo, incluso de joven.
―Y sí sólo fuera eso… ―negó Andrés― Vas a tener sospechosos a raudales. El tipo ese era un viejo verde. Fueron bastante sonados, dentro del mundillo, sus fotos a los escotes de estudiantes voluntarias.
―¿En serio? Aún así no debería ser motivo para matar a nadie a pesar de ser asqueroso. Bueno, en realidad, nada lo es.
―Sí, bueno, pero súmale otras muchas cosas como su trato degradante hacia algunos de sus empleados, el hecho de que fuera un explotador, su poca ética profesional.
―¿Empleados? ¿Pero dejó la universidad?
―No, no, lo compaginaba con una empresa de Arqueología. Contrataba a personal recién licenciado y los ponía a trabajar muy por debajo de las tarifas del convenio arqueológico. Ellos tenían los pies en el barro y él el rostro al sol. Y además estaban las cuestiones ética. Corre más de un rumor acerca de yacimientos enterrados bajo el lodo y cemento sin que este tipo pestañeara. Así es como resultaba ser el favorito de muchas constructoras. Tiraba los precios y, por encima, se dejaba untar…
―¿Y nadie lo denunció? Es increíble. En la facultad somos los primeros en hablar, y ¿luego?
―Luego los que menos te esperas se convierten en explotadores a su vez y así se retroalimenta el sistema. No se puede competir contra quien tira los precios. La profesión pierde su dignidad y ética. Además nadie quiere denunciar de forma aislada, dar la cara por todos, llevarse el trabajo de recopilar pruebas, y así es cómo tipos como Pablo Bahamonde salen ganando.
―Lo de ganar es relativo ―dijo la inspectora, arqueando una ceja y desviando la mirada hacia el cadáver.―¿Y tú?
―Cierto…. ―había contestado a lo primero― Y yo… Nunca trabajé con él, ni falta que me hace. Cuando era recién licenciado le había pedido trabajo a este buen hombre. Me contestó con desdén que pertenecía a una nueva generación de "arqueólogos mercenarios", simplemente por pretender cobrar por trabajar… Yo nunca quise saber nada más de él. Si la gente que sí trabajó con él, no lo denuncia. ¿Qué voy a hacer yo?
―Ya bueno…―contestó Iria con dudas pero sin querer insistir en este tema― La verdad es que nos deja un gran abanico de posibles sospechosos, siempre que estemos ante un asesinato, que está aún por ver. ―la inspectora se giró hacia Alfonso, el médico forense ―Tenemos desde posibles promotores corruptos a empleados rencorosos.
―Habla por ti ―contestó el forense― A mi me basta con tener que determinar si fue asesinato o no, y algo me dice que va a ser difícil  poder afirmarlo o desmentirlo.
En aquel instante la conversación fue interrumpida por varios policías que escoltaban a una mujer de aspecto elegante pero sobrio. Emanaba un aire de perpetua seriedad que devenía en una tristeza permanente. Todos se quedaron observando la escena. Fueron unos minutos de presentaciones y breves conversaciones hasta que aquella mujer, la jueza instructora del caso, permitió que se levantara el cadáver de aquel hombre que tantos enemigos se había granjeado a lo largo de los años.
Con las manos enfundadas en unos guantes de latex, Andrés Dovalle observaba detenidamente el reflejo de la pequeña tablilla de plomo que con tanta fuerza agarraba el cadáver de Pablo Bahamonde, unos minutos antes. Su ceño se frunció mientras descifraba y traducía, lentamente, la palabras incisas en el plomo. Observaba como aquel verbo maldito dibujaba círculos concéntricos y sólo conseguía entenderse mediante el reflejo del espejo que permitía descifrar su misterio. Finalmente, sus labios se despegaron para hablar y desvelar a su antigua compañera, la inspectora Iria Aldekoaotalora, el contenido oculto tras aquellos extraños signos grabados en el metal.

*****

Vicus Eleni, Marzo del 49 d.C

El camino que descendía del castro hasta el nuevo poblado era un barrizal lleno de charcos, agua, fango y excrementos. Era común que algún que otro zapato quedara atrapado por el barro, dando fe del hambre de aquella tierra fértil que tragaba agua como un resacoso frente a una jarra de agua.
Philtates avanzaba sintiendo como la lluvia, desatada, golpeaba violenta su piel tersa. El aire helado nocturno le hablaba de miedo y oscuridad.   Ella era una esclava y sin embargo había llegado a aquel rincón del convento lucense sin siquiera desearlo, lejos del hogar que la vio nacer, en Turín, lejos de la casa en la que creció, en la capital lucense, de sus queridos compañeros de penurias, y lejos de su dueña a la que peinaba con esmero tratando de reproducir las cabelleras más en boga del Imperio, domando, con esmero, las ondulaciones de su encrespada melena.
 Siempre escuchaba sus desvelos, sueños frustrados, penas del corazón. El penúltimo momento de desasosiego de su ama, la había llevado hasta aquel barrizal en medio de la noche, en busca de un rico comerciante de aquella villa. Aprovechó la oscuridad de la noche para despistar la escolta que la acompañaba desde Lugo por seguridad, pero los secretos de su señora eran lo más importante.
El viento y la lluvia batían inclementes contra su piel suave, joven ,sobre la que el agua resbalaba para caer desde la punta de su fina nariz hasta el suelo. Traían también consigo aromas a mar y a sal, tripas y pescado, corrupción y descomposición.
Philtates acababa de dejar atrás la fábrica de salazón cuando la oscuridad quiso atraparla. El viento la envolvía. Sintió un escalofrío. Sus ojos trataron de penetrar la negrura y el agua. En medio del silencio de la noche, la lluvia batía contra el barro y los pies de Philtates se hundían lentamente.  Alguien, entre las sombras, la observaba.


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lunes, 22 de septiembre de 2014

Defixio: El hallazgo

Hoy es un nuevo lunes y seguimos, antes de un alto en el camino, con la historia del cadáver que portaba una maldición en sus manos.
Y para los despistados y los que quieran engancharse a la historia. Esto empieza aquí y lo habíamos dejado en este punto




Defixio: El hallazgo

―¿Una maldición? ¿Una defíxio?―preguntó Iria― No me suena de nada.
―¿No?―preguntó a su vez Andrés ―Pues debería. En Arqueología, en cuarto, vimos una del Norte de Portugal, en Remeseiros ¿No te acuerdas? Era de un tal Reburro que…
―Como todos los arqueólogos, ya te estás enrollando.―interrumpió la inspectora―. No me gustaba nada la Arqueología y de hecho creo que le estoy haciendo mucho más caso a nuestro amigo Pablo Bahamonde, ahora que es un fiambre ―afirmó posando los ojos sobre el cadáver del antiguo profesor de universidad.―Bueno, pero volviendo a lo nuestro, que me has dejado con la intriga, ¿qué es esto de las defixios?
―Pues es eso, una maldición, magia negra hecha en época romana. Se escribía un ritual mágico de encantamiento en una tablilla, generalmente de plomo. ¿Por qué de plomo, preguntarás? Porque es gris, un color asociado a la muerte, un material regido por Saturno, el planeta maléfico por antonomasia, y yendo a lo práctico y es que los romanos gustaban del pragmatismo, es fácil escribir encima con un objeto punzante y, además, siendo una tablilla fina, es un material cómodo de doblar, acción necesaria para que, supuestamente, la maldición surtiera efecto―señaló hacia la tablilla en manos del cadáver― Si os fijáis, tiene signos de haber sido doblada y desplegada, supongo que para su lectura.
Los ojos de Iria se entrecerraron mientras observaba aquello, reparando en un nuevo detalle.
―¿Y esos dos agujeros en la tablilla?
―En realidad era uno sólo. Cuando se doblaba la tablilla de plomo, se atravesaba con un clavo, resultando en los agujeros que estás viendo, para luego esconderla en tumbas, urnas funerarias u otros lugares asociados a la muerte. Si estos estaban vinculados a una muerte violenta, mejor que mejor, pues se suponía que la maldición se ejecutaría antes.
La inspectora y el forense cruzaron sus miradas.
―Esto es muy morboso ―dijo el forense― Te ha tocado la lotería, Alde. La prensa se va a poner frenética si se enteran de algún detalle. Ya veo a los periodistas de sucesos acosándote.
La mujer negó.
―Deja de decir tonterías, Alfonso. Aun tenemos trabajo. ―paseó su mirada del forense a su amigo de juventud, el arqueólogo Andrés Dovalle― ¿Y qué pone la tablilla?
―La realidad es que la tablilla tiene todas las características de una defixio y por eso la identifiqué, pero de momento cuesta mucho, por no decir que es casi imposible transcribirla. El hecho es que la hicieron con especial esmero, en este caso, por lo tanto, saña. Necesitaría poder cogerla y un espejo para descifrarla.

*****
Vigo abril del 2000.

El ruido circundante era atronador. Los sonidos saturaban los oídos de la joven que, con un casco blanco de obra calado en la cabeza, observaba con cierto cansancio el repique del picador rompiendo la baldosa y el cemento. El ruido se detuvo por unos instantes para ser sustituido por el tañido de unos martillazos que montaban un cazo sobre la pala mecánica. Pronto empezaría el destierre.
Aunque no lo pareciera, aquella joven era una arqueóloga haciendo un seguimiento de obra. Poco tenía que ver aquel trabajo con la apasionante y destructiva (desde el punto de vista arqueológico) vida del hollywoodiense Indiana Jones. Pero aquella labor tampoco se parecía con lo que le habían enseñado en la facultad.
―Seguro que encuentras petróleo― empezó a bromear uno de los obreros.
 La arqueóloga no pudo dejar de pensar en la cantidad de veces en que había escuchado aquel supuesto chiste que se creía original, y dejó que sus labios se estiraran levemente para crear un mohín de falsa sonrisa, para luego mirar al cielo. Las nubes estaban acercándose a la costa, probablemente empezaría a llover en cuanto terminaran de excavar el solar y posara su portaminas sobre el papel milimetrado para que este se agujereara y se manchara.
Con ademán casi ritualista tomó un cigarrillo, rebuscando entre todos sus bolsillos para encontrar un mechero y hallarlo, como no, en el último en el que había mirado. Tras el destello del encendedor, vio como los dientes del cazo de la pala empezaban a rasgar la tierra, para echarla sobre una escombrera llena de todo tipo de deshechos, que comprendían desde preservativos usados a jeringuillas, estratos removidos que eran moneda corriente, en aquel, por entonces, decadente rincón de la ciudad lleno de prostíbulos, camellos y drogadictos. Tomó una calada expulsándolo en una espesa humareda escuchando, entonces, el característico sonido del chocar del metal contra la piedra. Ese ruido, tan particular, le producía un estado de excitación que oscilaba entre el sentimiento de responsabilidad y la expectativa de hallar algún posible resto.
―¡Espera! ―dijo la chica del casco blanco al palista.
Tomó su instrumental de batalla, un paletín, acercándose para observar aquella losa de granito, negando para sus adentros. “Otra canaleta contemporánea”, pensó fugazmente. Otra vez lo mismo, pues aquellas decimonónicas canalizaciones pétreas de alcantarillado jalonaban todo el subsuelo de la ciudad vieja y parte del ensanche. Alzó su brazo hacia el palista.
―Ten mucho cuidado en esta línea para no levantar piedras –señaló el suelo en dirección a la puerta.
El hombre prosiguió con su trabajo mientras ella se entretuvo limpiando aquella losa, con un ojo puesto en lo que hacía la pala. Pero para su olfato curtido en decenas de canaletas de alcantarillado, algo extraño pasaba en aquel lugar… Aquello era algo diferente. Mandó al palista detenerse. Se apresuró, refrenando su curiosidad, en fotografiar, describir, topografiar aquella extraña piedra, y por suerte, incluso, no llovió mientras lo hacía. Sólo entonces y a pesar de su ansia contenida, permitió que varios peones de la obra levantaron aquella losa.
Cuando sus ojos procesaron la información, su corazón se desbocó amenazando con desbordar su pecho para llegar a latir en su sien. Lo que sus ojos marinos reflejaban, en aquel instante, era la imagen de varios rollos de pergamino apilándose los unos sobre los otros. Parpadeó un instante.

―Cerrad esto rápido. 

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lunes, 15 de septiembre de 2014

Defixio: la decisión

Hacía bastante tiempo, a pesar de un verano que no fue todo lo bueno que se deseaba (y estoy cayendo en el eufemismo), que no hablaba de un lunes a la lluvia. Pues bien, hoy es un lunes lluvioso y vamos a seguir desentrañando el misterio del cadáver que sostenía en su mano una placa de plomo, con una novedad. Esta semana participo en el divertido reto planteado por Ramón Escolano en su blog jukeblog.
Este reto se llama "Te robo una frase" y consiste en introducir en un texto de creación propia, una frase elegida previamente.Esta semana, la frase elegida es: "Hay momentos en la vida en los que la única manera de salvarse a uno mismo es muriendo o matando"sacada de Dispara, yo ya estoy muerto, libro escrito por la exitosa escritora de best sellers española, Julia Navarro. 

Para los despistados, recordar que la historia empieza aquí y que la semana pasada lo habíamos dejado en este punto (no son ni diez minutos de lectura, animaros a leerlo si no lo habéis hecho hasta ahora)

Pues allá vamos, y como decía el asesinado dictador romano, "la suerte está echada". Espero que os guste. 



Defixio: la decisión


El «Chas» del mechero fue más llamativo que el ruido sordo que provocó al caer contra el suelo. La chispa saltó a apenas unos centímetros del cuerpo y prendió contra uno de los cabellos grasientos del cadáver.
―¡Joder!
Gritó una nada discreta Iria que siguió, a continuación, jurando en arameo. Sin más precauciones, se arrojó sobre al cuerpo sin vida de su antiguo profesor para golpear, en un acto reflejo, aquella llamarada incipiente. Al menos había conseguido apagarla, o eso pensaba de forma primaria, cuando se giró viendo las caras descolocadas del médico forense y de Andrés.
Sí, ahí estaba Andrés, como un fantasma del pasado, con sus rizos dorados enmarcando aquel rostro anguloso, cuya masculinidad era subrayada por una barba incipiente salpicada ahora por algunas canas. Un atuendo salido de la sección de senderismo del Decatlón y un pañuelo colocado alrededor del cuello con desalineada meticulosidad, completaban aquella aparición.
―Andrés…― repitió Iria ruborizada, tratando de recomponerse
―Vaya, os conocéis … ―continuó Alfonso, el forense― Si cada vez que conoces a alguien vas a quemar un cadáver, a ver qué vamos a hacer.
―Si bueno….pero, ya se lo comento yo al juez. Es un accidente…― y a pesar de lo comprometida de la situación, la mujer negó y cambió, sorpresivamente, el foco de su interés― ¿Y tú?¿Qué haces aquí? ¿No estabas por Cartagena?
Andrés todavía parpadeaba atónito ante la situación: un cadáver; un cadáver que por encima era de alguien conocido; un cadáver  que por encima de ser de alguien conocido era sacudido sin muchos miramientos por una compañera que no veía desde hacía unos quince años. Tardó unos largos segundos en recomponerse y contestar.
―Ya sabes, la crisis, reducción de personal y aquí estoy…. Soy autónomo, ahora. Como me saqué  el curso de perito judicial en Arqueología, pues me han llamado. 
― Bueno…―Iria inspiró aire tratando de sacudirse del impacto. Se giró hacia Alfonso― Llamaste a un arqueólogo ¿Por?―preguntó extrañada―¿Por qué el muerto era un arqueólogo?
―No, para interrogar a sospechosos, si es que los hay, estás tú, pero yo lo he hecho por la placa de plomo, si os fijáis, tiene algo escrito. Es difícil de ver.
Y mientras el médico forense decía aquello, los tres se acercaron a la placa  que el cadáver del antiguo profesor de universidad seguía asiendo con fuerza.
―¿Qué dice?― preguntó Iria
―Espera, deja que vea con calma y me abstraiga de la situación de tener que observar una inscripción en las manos del cadáver de Pablo Bahamonde.―sacudió su cabeza para seguir― Además los arqueólogos no somos diccionarios de lenguas muertas con patas, de hecho no tienes ni por qué saber latín para licenciarte. ―y al comentar aquello, seguía observando la placa en solitario― Pero tenéis suerte, porque se me daba bien el latín en el instituto y, casualmente, trabajé con epigrafía en la universidad.
El silencio, eterno en la muerte, se instaló en aquella esquina del normalmente ruidoso Jaco's bass, hasta que Andrés, largos minutos después, lo devolvió a la transitoriedad.
―Cuesta leerlo y sería mejor si pudiera estudiar la placa de cerca, pero…―se giró hacia Iria y el forense ― esto es algo bastante llamativo a decir verdad. Es una defixio, una antigua maldición.

*****

Vicus Eleni, Marzo del 49 d.C

La lluvia y el viento batían con fuerza contra la ventana de la pequeña habitación en la que se hallaba un funcionario del Imperio. Lucio, como siempre que observaba su imagen, se perdía en el reflejo que le devolvía aquel pequeño espejo de cobre bruñido que parecía regodearse en la decadencia de sus facciones. Ya peinaba canas, la carne que le faltaba, ahora, a sus cada vez más finos labios, parecía haberse reubicado en su abdomen, y el brillo de sus ojos  se veía cercado por finas arrugas que amenazaban con gastar los últimos vestigios de su juventud.
 A sus treinta y seis años, ya no era ningún imberbe para el uso y abuso de algún noble señor. Aquellos años de lujuria, excesos y boato, en el corazón de Roma, ya habían pasado a mejor vida, al igual que lo haría él mismo si dejaba que los acontecimientos siguieran con su curso. Aquel lugar en el que parecía terminaba el mundo, era un fiel reflejo de su situación. Tenía que tomar cartas en el asunto y no esperar simplemente a que la Parca cortara el hilo de su vida. No era la primera vez que se lo planteaba, claro que no, y sabía lo que tenía que hacer.
Lucio dejó que su lengua pasara por los labios, tratando de figurar parte del brillo disipado de su juventud. Con la mirada perdida vio como sus dedos se posaron con ternura sobre aquella frágil ilusión que al secarse, como una flor moribunda envenenada por el tiempo, devolvió al hombre al presente. Sintió el impulso de tirar aquel espejo lejos de él, pero el ruido de la sempiterna lluvia  batiendo contra la ventana, le recordó que estaba en confín del mundo y que por mucho que mellara el cobre, seguiría pasando sus días contando sacos de sal.
―Hay momentos en la vida ―dijo en voz alta mientras el espejo le devolvía ahora el reflejo de una mirada decidida  ―,en los que la única manera de salvarse a uno mismo es muriendo o matando.
Lucio dejó el espejo sobre la mesa, se giró hacia el arcón que estaba a sus espaldas y se agachó para tomar un rollo en su interior.

Continúa aquí.




lunes, 8 de septiembre de 2014

Defixio: el espejo y el cadáver

Hoy es un lunes soleado y seguimos con la historia del misterioso cadáver que sostenía una tablilla de plomo. 

Si te perdiste la primera, la puedes leer aquí.



Vicus Eleni, Marzo del 49 d.C
La llama de la lámpara de aceite, frágil en un inicio, se estiró trazando un mapa en la oscuridad. El estilete se hundía con destreza sobre la tablilla de cera, anotando algunos de los muchos datos que debía recoger el funcionario que lo empuñaba para la buena marcha de la industria local de recogida de sal. Lucio llevaba un tiempo ya destinado en aquella tierra en el confín del mundo, más allá del río del Olvido, rodeado de lodo, lluvia y barbarie. No sabía que había hecho para merecer semejante castigo… Bueno sí, el emperador no gustaba de algunas de sus prácticas y lo había enviado a aquel rincón inhóspito en el que llevaba semanas sin ver la luz del sol. 



   Una ráfaga de viento se abatió contra la madera que recubría la ventana de la pequeña domus, situada en el centro del pueblo nuevo a orillas del mar. Lucio se giró escuchando como silbaba, escupiendo su ira. La llama tremoló, víctima del insidioso siseo cargado de lluvia que amenazaba su cordura. Raudo, el liberto imperial se levantó para asegurar la madera y volver luego a su labor… O no. Cuando el hombre enfilaba ya hacia su mesa de trabajo, vio, por el rabillo del ojo, su reflejo en un pequeño espejo de cobre que estaba apoyado sobre un estante repleto de documentos prolijamente enrollados. Sus pasos se detuvieron, paralizado ante la imagen. 

   Pasados los treinta y cinco años de vida las líneas de expresión, en aquellos años, a pesar de todo lo que había intentado hasta la fecha, surcaban de forma cada vez más profunda su rostro, como un arado que penetra en la tierra yerma para hacerla fértil. El hombre, espejo en mano, temblaba. 

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Vigo, en la actualidad


El amasijo de olores a fluidos corporales varios que envolvía el Jaco's bass tenía una ventaja, a pesar de todo, conseguía camuflar el hedor de la muerte. La inspectora Aldekoaotalora observaba congelada la escena. Necesitaba fumar. Tomó su zippo entre los dedos y empezó a jugar con él, abriendo y cerrando su tapa para no asfixiarse en la agotadora ansiedad. Iba a acercarse al cadáver cuando un impulso eléctrico interrumpió su gesto al escuchar una voz.

    ―¡Alde!

    Iria se dio la vuelta y vio como Alfonso, el médico forense, la interpelaba con aquel nombre de guerra con el que la bautizaron en la policía y que había aprendido a aceptar, a pesar de que no fuera de su agrado. . 

   ―¿Qué tal tras la otra noche? ―preguntó el hombre primero con una leve sonrisa para luego continuar más serio mirando al cadáver― Lo conoces ¿verdad?

    ―Sí, era mi profesor en la facultad. Daba Arqueología. Un capullo. 

    ―¿Te suspendió o qué?

  ―No, qué va, aunque nunca me gustó demasiado la Arqueología. Era el típico tipo desagradable, un borde por naturaleza, una mezcla del Scrooge de Dikens y del Kowalski de Eastwood, sazonado con toques de tío Gilito… Todo un personaje. ―afirmó mientras, con dedos expertos que habían repetido aquel gesto de forma inconsciente hasta la saciedad, seguía abriendo y cerrando de forma mecánica la tapa del zippo.

   ―Ya veo, pues si resulta ser un asesinato, vas a tener trabajo con…

   ―¿Si resulta ser un asesinato? ―interrumpió la mujer sorprendida― ¿Aun no lo sabes?

   ―Bueno…

   El forense avanzó y ambos se acercaron al cuerpo que seguía agarrando con fuerza una tablilla de plomo. Iria se fijó entonces en el rostro de su antiguo profesor del que destacaban los pequeños orificios de sus ojos hundidos, como dos puntos dentro de un trozo de carne interrumpido por unos voluminosos pómulos ahora lívidos. 

   ―¿Qué pasa?―inquirió la inspectora ―A mi me dijeron que era un homicidio…―chasqueó la lengua ―Novatos fantasiosos.

  ―Lo cierto es que pudimos determinar, en un examen preliminar, que murió por sobredosis de tranquilizantes mezclados con alcohol, así que podría ser un suicidio o incluso un accidente, pero… Si te fijas en sus antebrazos tiene rasguños, los nudillos están contusionados y en un examen ocular rápido se ven algunos moratones ―explicó levantando la camiseta del antiguo profesor dejando a la vista su prominente bandullo peludo que confirmaba las palabras del forense.

   ―Joder, cómo se puso este hombre. Cuando me daba clases estaba como un palo. ―la inspectora sacudió la cabeza para centrar sus pensamientos― ¿Pero coinciden la hora de la muerte con la de las marcas?

    El hombre asintió

   ―¿Y la placa de plomo?

  ―Estamos esperando al juez para levantar el cadáver y poder guardarla para examinarla pero…

   Y en aquel momento, no fue el juez el que interrumpió la conversación, sino un rostro del pasado. Iria parpadeó reparando en el hombre que acababa de entrar en el lugar, viéndolo como en una cámara lenta salida de una escena de Los vigilantes de la playa...

   ―Andrés… 

   El sonido salido de su garganta se quedó trabado en aquel punto. Los dedos de la inspectora se enredaron y el zippo se estrelló contra el suelo, a centímetros del cadáver.


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PD: No conseguí averiguar la autoría de la fotografía por mucho que buscara, así que si alguien lo sabe, agradezco el aporte. 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Defixio: el despertar

Hoy es un lunes caluroso y empezamos con una nueva historia que iremos desvelando a los pocos.

Defixio: el despertar 



El teléfono había vuelto a sonar en plena noche en la casa de Iria Aldekoaotalora Figueiroa. A tientas, confundida por el sueño y la penumbra, rebuscó entre el montón de ropa que había tirado despreocupada al desnudarse unas horas antes. Empezaba a odiar ya el maldito tono del móvil y resultaba vital, para su supervivencia mental, cambiarlo. En eso estaban sus aletargados pensamientos cuando al fin consiguió hallar el maldito objeto que, demasiado a menudo, interrumpía sus horas. Suspiró y, finalmente, descolgó el teléfono.
—¿Iria Aldeko…a…o…
La pelirroja negó aburrida, cansada ante una de sus maldiciones vitales, su impronunciable apellido.
     — Llámeme Iria —interrumpió seca sin más preámbulos.
—Bien, como quiera… Iria —prosiguió la voz masculina que seguía dubitativa al otro lado del móvil, invitándola a abandonar  el calor de su hogar.
La mujer se masajeó la sien, intentando asimilar la noticia y desperezándose. Aquello no era algo común en una ciudad como Vigo.
—Ahora mismo voy.
Una dosis de cafeína inyectada mediante una taza humeante para desperezarse, un «chas» del zippo que siempre la acompañaba para encender un cigarrillo, tres intentos para arrancar el gripado motor de su nada glamuroso renault espace de los años 90 e Iria Aldekoaotalora emprendió rumbo a su destino, el Jaco's bass.
Conocía aquel bar. Había llegado a ser asidua siendo algo más joven. No era que fuera especialmente mayor a sus treinta y seis años, pero ya había vivido aquella experiencia traumática en la que un adolescente se dirigió a ella llamándola «Señora»;  una tremenda bofetada a su ego del que su neurótica psique difícilmente se había recuperado.
 A pesar de aquello, su mente vagaba mientras las luces de la ciudad iban desfilando formando un fantasmagórico borrón. Recordaba las noches de juerga en aquel pub, lo tonta que se ponía cuando escuchaba resonar la voz nasal del adonis Axel Rose, cómo cerraba los ojos mientras el rebumbio de la guitarra japonesa de Krist Novoselic la transportaba, la forma en el que el mundo giraba mientras se dejaba llevar por un solo de ritchie Blackmore y el alcohol se deslizaba por su garganta cuando aún estaba aprendiendo a beber en aquel antro, del que Andrés siempre había dicho que olía «a sobaco».
Tras aparcar y entrar en el local, apenas tardó unos segundos en comprobar que el calificativo seguía sentándole bien al bar. De hecho, la ley antitabaco, pues el humo tenía el don de sobreponerse a casi todos los demás olores, no había hecho más que reforzar aquel tufo mortal en una llamativa miscelánea de alcohol, orines, y de la imperante humedad que impregnaba sus  paredes decoradas por sus clientes con pintadas y gravados incisos en la desconchada pintura.
Ya la estaban esperando y, pronto, empezaron a guiar a Iria a través del lugar. Tuvo que pegar un pequeño salto para esquivar el vómito que adornaba algunos desvencijados azulejos del suelo, imitando un cuadro de Pollock. Avanzó por el Jaco's bass, luchando en todo momento para despegar sus pies que se adherían al piso por la fuerza del alcohol reseco, y admirando cómo ahí se acumulaban verdaderos estratos de inmundicia, hasta que, de repente, se encontró con la razón de aquella llamada que había interrumpido su descanso nocturno.
―¡Joder, Pablo!
 Aquella exclamación había salido de su garganta en un automatismo; lo conocía. ¿Cómo no iba a conocerlo?  Giró un instante la cabeza, para no verlo aunque no pudo evitar recordar, a pesar de la situación, cómo aquel hombre, con el paso de los años, pasó de ser  una copia del todo a cien de Jim Morrison para convertirse en un Homer Simpson blanco.Volvió a fijar sus ojos en el hombre. Tomó aire, lo exhaló en un fuerte suspiro. Pero lo que llamó realmente su atención en aquel momento era que aquel cadáver agarraba, con la fuerza del rigor mortis, una tablilla de plomo.

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