Tras uno de los mayores aguaceros que recuerdo, hoy es un lunes soleado en el que parece que el verano pide una última oportunidad. Esta semana vuelvo a participar con un relato corto de menos de 500 palabras en el divertido reto planteado por Ramón Escolano en su blog jukeblog, llamado "Te robo una frase" y que consiste en introducir en un texto de creación propia, una frase elegida previamente
Esta semana, la frase seleccionada es: "La persona que había al otro lado era una mujer joven. Muy obviamente una mujer joven. No había manera posible de confundirla con un hombre joven en ningún lenguaje, especialmente en braille." , sacada de la novela Mascarada de Terry Pratchett.
Allá vamos, espero que os guste.
Allá vamos, espero que os guste.
La lista en braile
Me sentaba en la misma
mesa, de la misma terraza, de la misma cafetería,
cada mañana. Me escondía detrás de un periódico y de las ondulaciones del vapor
de un café con leche, mientras esperaba esa anhelada perfección visual de
formas y contornos. Quería sosegarme con su delicadeza
cual drogadicto esperando su dosis. El mundo entraba en una extraña penumbra y me encontraba como un ciego buscando a
tientas entre tinieblas.
Y entonces, como cada mañana, observaba como salía del portal de
su casa, deslizándose sobre la acera de enfrente.
La persona que había al otro lado era una mujer
joven. Muy obviamente una mujer joven. No había manera posible de confundirla
con un hombre joven en ningún lenguaje, especialmente en braille, a pesar de contar con
una belleza casi andrógina. Su rostro angular y su cabellera cortada a la
garçonne se contraponían con unas curvas perfectas en las que perderse mientras
cruzaba la calle contorneando unas caderas a las que soñaba amarrarme.
Animaba mi visión sembrando luces, rescatándome
de la oscuridad y se convertía en un
chute del que me había hecho adicto tras cada despertar.
Procuraba sentarse siempre en la misma mesa, la
miraba de reojo y veía como ostentaba aquella sensual juventud, cada mañana, a
la sombra de un tejo centenario que centraba la terraza. Siempre se pedía un cappuccino acopiando sus carnosos labios, como
en un beso, para entregar tibieza a la infusión
y apartar la espuma. Disfrutaba viéndola, deseándola y emborronaba el
crucigrama del periódico con un bosquejo de su estilizada figura.
Aquella mañana, al fin, me había armado de
valor. Estaba de pie en la distancia, observando como las finas hojas del tejo filtraban
los rayos del sol que abrazaban su piel. Tomó asiento. Sopló sobre su café. Entreabrió
los labios y tremoló, levemente, al sentir como el capuccino despertaba su
cuerpo al penetrar por sus entrañas. Yo mantenía mis ojos clavados sobre ella.
El viento mecía un mechón de sus cortos cabellos mientras calaba sus gafas de
sol, escondiendo esas pupilas emborronadas en la cotidianidad de la pantalla de
un teléfono móvil.
Entonces, tras semanas, al fin lo hice. Fue un
simple soplo silencioso que rasgó el aire. No sé aún a quién había molestado. No
es mi trabajo preguntarlo, pero tuve que desintoxicarme de forma acelerada. Desde
mi posición, en lo alto de un edificio cercano, desmonté el rifle y su parafernalia
para guardarlo en su funda, y me fui, mientras mi vista se opacaba tras el velo
de unas gafas oscuras y la lista de mis
deseos quedaba grabada en mi mente en braile, sin que nunca aprendiera a
descifrarla.
