Un alto en el camino
antes de proseguir con las entradas navideñas.
Llevamos unos años en
los que los debates de índole social quedaron enterrados bajo el tsunami de la
crisis. Los derechos y las libertades de los españoles han sido recortados, una
y otra vez, al amparo de una lógica maquiavélica: el fin justifica los medios.
Sin embargo, en el caso
que nos ocupa ahora, ni siquiera la sacrosanta crisis puede justificar el texto
que nos retrotrae al pasado.
Hoy, muchos somos un
poco Marty Mcfly, observando patidifusos hacia una ley que nos hace viajar
treinta años atrás en el tiempo. Con la ley de seguridad, parece que el PP sólo
estaba precalentando el motor del Delorean, pues la nueva ley del aborto
convierte este último en ilegal salvo en algunos supuesto. Nos hallamos ante
una verdadera contrarreforma, al mejor estilo puritano, que saldrá adelante
gracias a la mayoría absoluta del PP. Pero no nos llevemos al engaño, por una
vez, el que avisa no es traidor, y éste será uno de los pocos puntos que el partido
de Mariano Rajoy cumplirá de su programa electoral.
La situación de la
mujer española, en este aspecto, involuciona a un escenario casi sin igual en
Europa. Como ocurre en otros veinte países de la Unión, con la legislación del 2010 las mujeres podían abortar libremente
hasta las 14 semanas, y, en determinados supuestos, hasta las 22.. A partir de
ahora, sóllo se nos permitirá interrumpir el embarazo en dos supuestos:
violación (hasta las 12 semanas) y grave peligro para la salud física o psíquica
de la madre (hasta las 22). Para evitar lo que ocurrió en la práctica con el
supuesto psicológico,con la ley del 85, el peligro para la salud mental de la
madre deberá ser debidamente acreditado por dos médicos ajenos a la clínica
donde se fuera a practicar el aborto.
Es aberrante que el
señor Ruiz Gallardón sea quien, a través de su ley, decida por las mujeres,
imponiendo su moral y su ética en un afán paternalista atroz. Gallardón quien,
hace unos años, no sólo era el abanderado del despilfarro cuando encabezaba el
ayuntamiento de Madrid, también se quitó definitivamente la careta de político
moderado, cediendo ante la tradición familiar y a las presiones de los sectores
más rancios de su partido, influenciados por la conferencia episcopal que sigue
teniendo un preocupante ascendiente en el gobierno de España.
Dentro del actual
panorama, lo que quizás pueda parecer más absurdo es la eliminación del
supuesto de malformaciones o enfermedades del feto como motivo para el aborto,
en un momento en el que las ayudas a los discapacitados desaparecen a marchas
forzadas. Protegen el derecho a la vida, pero una vez nacidos, esos niños,
pierden sus derechos, ya que el estado mira, cada vez en más ocasiones, hacia
otro lado.
Demagógico también, es
pensar que si lo que se defiende con esta ley es el derecho a la vida del «no
nato», ¿qué ha hecho el feto creado tras una violación? ¿Es culpable de las
acciones de su progenitor? Ni siquiera tenemos en la redacción del texto, una
lógica que defienda una postura de forma coherente.
Marty Mcfly mira
patidifuso hacia las chicas de buena familia que vuelven a poner de moda el
turismo a Londres para abortar. Está incrédulo ante las clínicas clandestinas
en las que morirán jóvenes españolas porque el gobierno de su país se adorna en
un moralismo obsoleto, embarcándose en una cruzada que reabre un debate
totalmente superado por la sociedad española.
